caja de crayones que cuidaba como si fuera un tesoro.
Dibujaba personas, casas, flores y, con frecuencia, a un hombre alto vestido de negro.
Ese hombre era Vincent.
Rosa había visto aquellos dibujos muchas veces.
En algunos, Vincent aparecía delante de una casa enorme.
En otros, estaba acompañado por una figura pequeña con un lazo rojo.
Lily solía deslizar sus creaciones debajo de la puerta del despacho cuando sabía que no había reuniones.
Rosa la había regañado varias veces por hacerlo.
—El señor Moretti tiene cosas importantes que atender, cariño.
—Pero así puede ver que lo estoy cuidando —respondía Lily.
Vincent nunca comentó los dibujos.
No felicitó a la niña ni preguntó por ellos.
Sin embargo, tampoco los tiró.
Rosa se había dado cuenta porque ninguna de aquellas hojas terminaba en los cestos que ella vaciaba.
Era un detalle pequeño.
Pero, en una casa donde casi todo se medía en
