una punzada de inquietud.
Sabía cuánto significaban para él los pocos objetos personales que conservaba.
—No he visto nada, señor —respondió.
Nadie la acusó en ese momento.
La búsqueda continuó.
Quince minutos después, Dominic regresó al despacho.
El reloj colgaba entre sus dedos.
—Lo encontré, jefe.
Vincent se puso de pie tan deprisa que la silla retrocedió ligeramente.
Por un instante, el alivio fue evidente en su rostro.
Después preguntó:
—¿Dónde estaba?
Dominic vaciló.
Fue apenas una pausa.
Lo suficiente para que Vincent levantara la mirada.
—Habla.
—En el bolsillo del delantal de Rosa.
La expresión de Vincent se endureció.
Rosa, que se encontraba cerca de la puerta, abrió los ojos.
—¿Qué?
Dominic giró hacia ella.
—Lo encontramos en tu delantal.
Rosa miró el reloj y después su propio bolsillo.
No entendía lo que estaba ocurriendo.
—Eso no puede ser.
Nadie respondió.
—Yo no he tocado ese reloj —insistió.
Dominic
