que tuviste suerte de no romperte un brazo.
Su sonrisa parecía amable, pero sus ojos estaban llenos de algo más oscuro.
Aquella tarde, Teresa encontró en el depósito una silla de ruedas ligera, todavía envuelta en plástico. Estaba diseñada para salir a la calle y llevaba una placa con el nombre de Valeria.
Junto a ella había una caja cerrada.
Teresa levantó la tapa.
Dentro encontró 6 cartas enviadas por un centro de rehabilitación. Todas ofrecían a Valeria un programa para recuperar su independencia.
Ninguna había sido abierta por ella.
En la última aparecía una frase escrita con tinta azul:
“Rechazado por decisión familiar. G. Arriaga”.
Teresa escuchó un ruido detrás de sí.
Gonzalo estaba parado en la puerta del depósito.
—Hay lugares de esta casa —dijo con voz suave— en los que una empleada inteligente no debería meterse.
PARTE 2
Teresa sostuvo la carta sin bajar la mirada.
—Valeria
