perdió el control. Su madre murió y una lesión en la columna dejó a Valeria sin movilidad en las piernas.
Octavio jamás se perdonó haberles pedido que asistieran a aquella cena.
Desde entonces convirtió la mansión en una fortaleza. Eligió los médicos de Valeria, sus alimentos, sus visitas y hasta la ropa que debía usar.
Gonzalo siempre estaba allí para confirmar que el miedo tenía sentido.
El primer día, Teresa encontró a Valeria frente a la ventana.
—Puede dejar la bandeja —dijo ella sin volverse—. No necesito ayuda para comer.
—No trae ninguna bandeja.
Valeria giró, sorprendida.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Conocerla antes de decidir qué necesita.
Era la primera vez en años que alguien entraba en aquella habitación sin una orden preparada.
Durante los días siguientes, Teresa observó.
Cada vez que Valeria expresaba un deseo, Gonzalo encontraba una razón para impedirlo.
—Quiero vestirme sola.
—No vale la pena que te
