de esto adentro.
Desde una ventana del segundo piso, Gonzalo Arriaga observaba la escena sin disimular una sonrisa.
Tres semanas antes, Teresa había llegado a la residencia Montalvo con una maleta pequeña y un currículum sencillo. Tenía 42 años y había trabajado durante 20 limpiando casas, cuidando ancianos y acompañando a personas en rehabilitación.
Octavio apenas levantó la mirada durante la entrevista. Era propietario de una cadena de hoteles en Guadalajara y vivía rodeado de llamadas, documentos y reuniones.
Quien explicó las reglas fue Gonzalo, hermano de su difunta esposa.
—Su prioridad será Valeria —dijo—. Es muy frágil y necesita vigilancia constante. No debe salir sin autorización, cambiar sus horarios ni realizar esfuerzos innecesarios.
Teresa guardó silencio, pero la palabra “frágil” le incomodó.
Valeria tenía 29 años. Antes del accidente estudiaba arquitectura, viajaba sola y se dirigía a proyectos en la empresa familiar. Una noche lluviosa, el vehículo en el que viajaba
