Dos días después, Catalina encontró a Gabriel junto al arroyo.
El muchacho intentaba reparar una vieja cerca de madera.
Había trabajado tanto que tenía ampollas en ambas manos.
Catalina se acercó llevando una pequeña cesta.
«Te traje algo de comer».
«No tengo hambre».
«Perfecto. Entonces me lo comeré yo».
Se sentó sobre una piedra y abrió la cesta.
Dentro había pan recién horneado, queso fresco y dos manzanas.
Gabriel siguió martillando.
Catalina mordió una manzana.
Durante varios minutos no dijo nada.
Finalmente, el muchacho habló sin mirarla.
«Mi mamá hacía pan los domingos».
Catalina dejó de masticar.
“¿Si?”.
«Le ponía un poco de miel. Decía que el domingo debía saber diferente a los demás días».
Catalina.
«Parece que tenía buenas ideas».
Gabriel golpeó otro clavo.
«Ella no se habría olvidado de que Lucas le tiene miedo a las tormentas».
Catalina guardó silencio.
«Tampoco habría dejado que Nicolás llorara por las noches. Ni que Diego usara esas botas rotas».
El muchacho golpea la madera con demasiada fuerza.
El clavo se dobló.
«Yo intento acordarme de todo», murmuró. «Pero siempre se me olvida algo».
Catalina se levantó lentamente.
«Gabriel».
Él siguió mirando la cerca.
«Mírame, por favor».
Cuando finalmente volvió el rostro, Catalina vio las lágrimas que luchaba por contener.
«Tú no eres el padre de tus hermanos».
Gabriel tragó saliva.
«Alguien tiene que cuidarlos».
«Tu padre los cuida. Y ahora hay otras personas que pueden ayudar. Tú puedes quererlos sin llevar todo el peso del mundo sobre los hombros».
El muchacho sacudió la cabeza.
«Yo le prometí a mamá que los cuidaría».
Catalina sintió un dolor profundo.
«¿Cuándo se lo prometiste?».
«La última noche. Cuando ya estaba muy enferma».
Su voz se quebró.
«Me pidió que fuera bueno con ellos. Que ayudara a papá. Yo le dije que lo haría. Pero a veces me canso tanto…».
Entonces comenzó a llorar.
No con las lágrimas discretas de un muchacho que desea parecer fuerte, sino con el llanto desesperado de un niño que había pasado dos años intentando convertirse en adulto.
Catalina dejó la cesta sobre el suelo y abrió los brazos.
Gabriel dudó apenas un instante.
Después se abrazó a ella.
«La extraña mucho», sollozó.
«Lo sé, cariño».
«A veces tengo miedo de olvidar su cara».
Catalina le acarició el cabello.
«No tienes que recordarlo todo tú solo. Tus hermanos también la recuerdan. Tu padre también. Entre todos pueden guardar su memoria».
Gabriel lloró hasta quedarse sin fuerzas.
Cuando finalmente se apartó, Catalina le ofreció un pañuelo.
«No le diga a nadie que lloré».
Ella levantó una ceja.
«¿Lloraste? Yo solamente vi a un muchacho muy valiente hablando de su madre».
Gabriel dejó escapar una risa temblorosa.
Fue la primera vez que sonó sinceramente delante de ella.
Aquella tarde regresaron juntos al rancho.
Y cuando Nicolás corrió hacia Catalina pidiendo que lo cargara, Gabriel fue quien lo levantó primero.
«Déjala descansar, renacuajo».
Nicolás le rodeó el cuello.
«¿Ya no estás enojado con Cata?».
Gabriel miró a Catalina.
«No estaba enojado con ella».
«¿Entonces con quién?».
El muchacho observa las montañas.
«Con muchas cosas».
Catalina no intervino.
Algunas heridas comenzaban a sanar precisamente cuando alguien dejaba de exigirles que desaparecieran.
Con la llegada del verano, el rancho empezó a transformarse.
Catalina organizando una pequeña huerta detrás de la casa, ayudada por Mateo y Lucas.
Los niños sembraron tomates, calabazas y hierbas aromáticas. Nicolás insistió en plantar una piedra porque, según él, podría hacer crecer un árbol de piedras preciosas.
Catalina no se burló de su idea.
Le permitirá enterrarla junto al pozo.
Cada mañana, Nicolás iba a comprobar si había brotado algo.
Rafael observaba aquellos cambios con una mezcla de gratitud y temor.
La casa volvía a tener flores sobre la mesa.
Los niños discutían menos.
Gabriel había comenzado a dedicar algunas tardes a montar a caballo por simple placer, sin sentirse obligado a trabajar cada minuto.
Hasta las comidas habían cambiado.
Antes todos terminaban rápidamente y regresaban a sus obligaciones.
Ahora prolongaban las sobremesas porque Catalina siempre encontró una historia que contar.
Pero lo que más desconcertaba a Rafael era la forma en que ella se refería a sus hijos.
No intentaba comprarse su cariño.
Cuando Diego mentía, lo corregía.
Cuando Tomás rompía algo, le exigía que lo reparara.
Y cuando Mateo se avergonzaba de sus deseos de estudiar, Catalina lo animaba a expresar sus sueños.
Una noche, Rafael la encontró sentada bajo el viejo nogal, leyendo un libro a la luz de una lámpara.
«¿No deberías descansar?», preguntó.
Catalina cerró el libro.
«Podría hacerle la misma pregunta».
Rafael se sentó a su lado.
Durante algunos minutos escucharon los grillos.
Después él habló.
«Mateo me ha contado que quiere estudiar para ser maestro».
«Tiene una mente extraordinaria».
«Pensaba que algún día me ayudaría a administrar el rancho».
Catalina lo miró.
«¿Y qué piensa ahora?».
Rafael suspiró.
«Que tal vez haya estado pensando demasiado en lo que necesito yo y demasiado poco en lo que necesito mis hijos».
Catalina apoyó una mano sobre el banco.
«Un buen padre no tiene que conocer todas las respuestas, Rafael. Basta con que esté dispuesto a escuchar».
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre sin añadir el tratamiento de cortesía.
Él la miró sorprendido.
Catalina se sonrojó.
«Perdón. No quise…».
«No se disculpe».
Rafael sonrió.
«Me gusta escuchar mi nombre cuando usted lo pronuncia».
Por un instante, el silencio entre ambos adquirió una dulzura inesperada.
Catalina bajó la mirada.
«Rafael, hay algo que debo decirle».
El hombre se puso serio.
«La escucho».
«Cuando vine aquí, pensé que estaba buscando un hogar. Mi padre murió cuando yo era joven y mi madre lo siguió pocos años después. Mi tía me recibió con cariño, pero siempre sentí que ocupaba un lugar prestado».
Rafael disimuló atentamente.
«Después de recibir su primera carta», continuó Catalina. «Pensé que sería una oportunidad para empezar de nuevo. Sin embargo, nunca imaginé encontrar seis niños tan diferentes, tan testarudos y tan necesitados de cariño».
Rafael soltó una pequeña risa.
«Eso último no lo mencioné en mis cartas».
“No. Tampoco mencionó que usted tiene la costumbre de olvidarse de comer cuando está preocupado».
«Es una mala costumbre».
«Una de varias».
Ambos rieron.
Después Catalina recuperó la gravedad.
«Pero no quiero casarme solamente porque sus hijos necesitan una madre».
Rafael dejó de sonreír.
“Perder”.
«Ni porque usted necesita ayuda en el rancho».
«Lo comprendo».
Catalina respiró profundamente.
«Quiero que, si algún día nos casamos, sea porque los dos deseamos compartir nuestra vida. No por lástima, obligación o miedo a la soledad».
Rafael contempló sus manos callosas.
«Catalina, desde que murió Isabel, pensé que nunca volvería a sentir nada parecido al amor. Me convencí de que mi única obligación era trabajar y criar a mis hijos».
Hizo una pausa.
«Pero desde que usted llegó, cada mañana me descubro esperando escuchar su voz. Y cada noche, cuando regresa a su pequeña casa, me parece que falta alguien alrededor de nuestra mesa».
Catalina sintió que el corazón se le aceleraba.
Rafael se volvió hacia ella.
«No quiero una mujer que ocupe el lugar de Isabel. Quiero conocer a la mujer que usted es. Y si algún día decide quedarse, quisiera que fuera porque aquí encuentra su propia felicidad».
Una brisa movió suavemente las hojas del nogal.
Catalina sonoro con los ojos brillantes.
«Creo que estamos empezando a entendernos, Rafael».
Él extendió la mano.
Ella la aceptó.
Y permanecieron juntos bajo las estrellas, sin necesidad de apresurar las palabras.
La felicidad, sin embargo, todavía tenía una prueba reservada para aquella familia.
A finales de agosto, las lluvias comenzaron a caer sobre la Sierra Madre Occidental.
Al principio fueron tormentas breves que refrescaban los pastizales.
Después llegaron varios días de aguaceros intensos.
El arroyo que cruzaba los terrenos del rancho creció hasta convertirse en una corriente turbulenta.
Rafael ordenó a los muchachos que se mantuvieran lejos de sus orillas.
«Ni un solo paso hacia el arroyo», advirtió durante el desayuno. «La corriente puede arrastrar a un caballo. No quiero que ninguno de ustedes se acerque».
Todos asintieron.
Incluso Tomás, que normalmente discutía cualquier orden.
Aquella tarde, Rafael y Gabriel salieron a revisar una cerca dañada por el agua.
Mateo y Lucas ayudaron a Catalina a guardar provisiones, mientras Diego remendaba una montura bajo el cobertizo.
Tomás y Nicolás jugaban con sus caballos de madera cerca del granero.
Cuando Catalina salió a llamarlos para la merienda, solamente encontró a Diego.
«¿Dónde están tus hermanos?».
Diego levantó la cabeza.
«Hace un rato estaban aquí».
Catalina miró hacia el corral.
Los llamó.
Nadie respondió.
Entonces descubrió algo que le heló la sangre.
Junto a la puerta del granero había quedado tirado el pequeño sombrero de Nicolás.
Y sobre el barro, las huellas de dos pares de botas infantiles se dirigieron hacia el sendero del arroyo.
Catalina sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.
«¡Mateo! ¡Lucas!», gritó. «¡Vengan inmediatamente!».
Los muchachos corrieron hacia ella.
«Busca a su padre. Díganle que Tomás y Nicolás han desaparecido».
Mateo palideció.
«¿Cree que fueron al arroyo?».
Catalina miró las huellas.
«Eso temo».
Sin esperar más, tomó una cuerda gruesa del cobertizo, se echó un chal sobre los hombros y comenzó a correr hacia el sendero.
El cielo se había oscurecido.
El viento sacudía los pinos y, a lo lejos, el rugido del agua parecía crecer a cada instante.
Catalina avanzó llamando a los niños.
«¡Tomás! ¡Nicolás!».
Solamente respondió el estruendo de la corriente.
Corrió más deprisa.
Hasta que escuchó un grito.
«¡Cata!».
Era la voz de Tomás.
Catalina siguió el sonido y llegó hasta una curva del arroyo.
Lo que vio hizo que se le cortara la respiración.
Tomás estaba aferrado a la rama de un árbol inclinado sobre el agua.
Y unos metros más allá, sobre una pequeña elevación de tierra que la corriente estaba devorando lentamente, Nicolás lloraba abrazado a un tronco.
El agua subía.
La lluvia comenzaba a caer nuevamente.
Y Catalina comprendió que, si esperaba demasiado, el río se llevaría al más pequeño de los Ortega.
«¡Cata, tengo miedo!», gritó Nicolás.
Catalina presionó la cuerda entre sus manos.
«¡Mírame, cariño! ¡No te sueltes!».
El niño levantó su carita empapada.
«¡No quiero morir!».
Aquellas palabras atravesaron el corazón de Catalina.
Y mientras buscaba desesperadamente un lugar donde asegurar la cuerda, comprendió algo que hasta ese momento no había sido capaz de admitir.
Ya no estaba intentando salvar a los hijos de un hombre con quien tal vez se casaría.
Estaba intentando salvar a unos niños a quienes había aprendido a amar como si fueran suyos.
Y no pensaba abandonarlos.
