PARTE 2: SEIS CORAZONES HERIDOS Y UNA MUJER QUE NO TENÍA MIEDO DE AMAR
Pero aquellos seis niños parecían esperar de ella algo mucho más grande que un simple matrimonio.
Esperaban que alguien volviera a llenar de vida los rincones de aquella casa donde, durante dos largos años, la ausencia de Isabel Ortega había pesado más que cualquier invierno de las montañas.
Catalina lo comprendió aquella misma tarde.
Rafael la acompañó hasta la pequeña vivienda que había preparado para ella, situada a unos cincuenta pasos de la casa principal. Era una construcción sencilla, con paredes de adobe, techo de tejas rojizas y dos ventanas que daban hacia un pequeño huerto.
En el interior había una cama de hierro, una mesa, dos sillas y una estufa de leña. Sobre una repisa descansaban una jarra de barro y un ramo de flores silvestres recién cortadas.
Catalina se acercó a las flores y las acarició con las yemas de los dedos.
«¿Usted las puso aquí?», preguntó.
Rafael se quitó el sombrero y miró hacia la ventana.
«Fue Nicolás. Las recogió esta mañana. Dijo que una señora no podía llegar a una casa sin flores».
Catalina.
«Entonces tendré que agradecerle a ese pequeño caballero».
Rafael permaneció junto a la puerta, sin atreverse a entrar más de lo necesario.
«Señorita Mendoza, quiero dejar algo claro desde el principio. Usted ha recorrido un largo camino para conocerme, pero eso no significa que esté obligado a casarse conmigo. Si descubre que esta vida no es lo que esperaba, yo mismo la llevará hasta la estación del tren».
Catalina se volvió lentamente.
«¿Acostumbra usted a espantar a todas las mujeres que llegan a su casa, señor Ortega?».
Rafael soltó una breve risa.
«No acostumbran a llegar mujeres hasta aquí».
«Entonces procura no espantar a la primera».
Por primera vez en mucho tiempo, Rafael no supo qué responder.
Catalina dejó su pequeño bolso sobre la cama y miró nuevamente las flores.
«Yo tampoco he venido a hacer promesas que todavía no puedo cumplir», añadió con serenidad. «Quiero conocerlo a usted. Y quiero conocer a sus hijos. Después veremos qué decide el corazón».
Rafael reabrió la cabeza.
Aquella respuesta le pareció más valiosa que cualquier juramento apresurado.
Cuando salió de la pequeña casa, Catalina escuchó seis pares de botas alejándose apresuradamente de la ventana.
Se acercó y abrió de golpe.
Al otro lado, Nicolás estaba agachado detrás de un barril, con Tomás prácticamente sentado sobre su espalda.
Los otros cuatro muchachos intentaban esconderse detrás de un árbol demasiado delgado para cubrirlos.
«¡Vaya!», exclamó Catalina. «Parece que este rancho tiene ardillas muy grandes».
Diego soltó una carcajada.
Nicolás levantó la cabeza.
«No somos ardillas. Somos los hijos de papá».
«Eso ya lo sabía. Pero todavía no sé si saben ayudar a una dama recién llegada».
Los seis se dieron cuenta inmediatamente.
«¡Yo puedo traerle agua!», anunció Tomás.
«Yo puedo cortar leña», dijo Lucas.
«Yo sé dónde están las mejores manzanas», añadió Diego.
Mateo se cruzó de brazos.
«Yo puedo enseñarle el rancho».
Gabriel permaneció en silencio.
Catalina lo observó con discreción.
Había algo distinto en aquel muchacho. Mientras sus hermanos la miraban con curiosidad, Gabriel mantenía una expresión cautelosa, casi desconfiada.
Sus ojos se parecían mucho a los de Rafael, pero había en ellos una tristeza que no correspondía a sus catorce años.
«¿Y tú, Gabriel?», preguntó Catalina.
El muchacho bajó la mirada.
«Yo tengo trabajo».
Después se marchó hacia el establo.
Rafael, que todavía estaba junto a la puerta, suspir.
«No se lo tome a mal. Desde que murió su madre, Gabriel se ha empeñado en convertirse en un hombre antes de tiempo».
Catalina siguió con la mirada al muchacho.
«Quizá alguien debería recordarle que todavía tiene derecho a ser un niño».
Rafael no respondió.
Aquellas palabras se quedaron rondando en su pensamiento durante el resto de la tarde.
Los primeros días en el rancho Ortega fueron muy diferentes de lo que Catalina había imaginado.
Pensaba encontrarme con una casa silenciosa, un viudo reservado y seis niños necesitados de disciplina.
En lugar de eso descubrió un hogar donde siempre había alguien corriendo, discutiendo, buscando una bota extraviada o acusando a otro de haber comido la última tortilla.
Durante su primera mañana, Catalina se despertó con tres golpes en la puerta.
Cuando abrió, encontró a Nicolás sosteniendo una taza de leche y dos tortillas envueltas en un paño.
«Le traje desayuno», anunció orgullosamente.
Catalina miró la leche derramada sobre sus manos.
«Qué amable eres».
«Papá dice que las visitas no deben trabajar».
«¿Y tú qué opinas?».
Nicolás reflexionó.
«Que si no trabaja, puedes jugar conmigo».
Catalina río y le acarició la cabeza.
«Me parece una propuesta bastante inteligente».
Antes de que pudiera decir algo más, Tomás apareció corriendo desde la casa principal.
«¡Nicolás! ¡Le robaste las tortillas a Diego!».
«¡No las robe!», protestó el pequeño. «¡Las tomé para Catalina!».
«¡Eran las mías!», gritó Diego desde la distancia.
Catalina miró a los hermanos y levantó una mano.
«Entonces tendremos que resolver este grave asunto».
Los muchachos guardaron silencio.
«Esta tarde prepararemos tortillas juntos. Y todos podrán comer hasta quedar satisfechos».
Nicolás sonando de oreja a oreja.
«¿También usted?».
«También yo».
Aquella tarde, por primera vez desde la muerte de Isabel, la cocina del rancho se llenó de harina, risas y pequeñas discusiones que no terminaban en lágrimas.
Catalina descubrió que Lucas tenía una habilidad sorprendente para encender el fogón, que Mateo sabía moler el maíz con paciencia y que Tomás era incapaz de permanecer quieto durante más de cinco minutos.
Diego, por su parte, aseguró que sus tortillas tenían mejor sabor porque eran más grandes.
Cuando Rafael regresó del campo, encontró la mesa cubierta de platos y sus hijos sentados alrededor de Catalina.
Ella tenía una pequeña mancha de harina sobre la mejilla.
Nicolás estaba explicándole cómo distinguir a cada hermano por el sonido de sus pasos.
«Gabriel camina fuerte», decía. «Mateo camina despacio. Lucas siempre arrastra un pastel. Diego hace mucho ruido. Tomás corre todo el tiempo y yo camino bonito».
«¿Y tu papá?», preguntó Catalina.
Nicolás miró hacia la puerta.
«Papá camina cansado».
Las palabras cayeron sobre la cocina con una sinceridad inesperada.
Rafael se quedó inmóvil.
Catalina levantó los ojos y lo vio allí, con el sombrero entre las manos.
Entonces comprendió que aquella casa no solamente necesitaba una mujer que preparara la comida o remendara la ropa.
Necesitaba que alguien le devolviera a su dueño la esperanza de que todavía era posible vivir sin sentirse culpable por seguir adelante.
Pasaron las semanas.
Catalina aprendió los nombres de los caballos, el camino hacia el arroyo y los horariossos de los seis muchachos.
Descubrió que Mateo soñaba con ser maestro, aunque nunca se había atrevido a decírselo a su padre.
Lucas amaba los animales y podía pasar horas observando a las golondrinas construir sus nidos.
Diego deseaba tener un caballo propio.
Tomás quería acompañar a Rafael a todas partes.
Y Nicolás parecía haber decidido que Catalina era la persona más interesante del mundo.
Cada mañana llegaba con una pregunta diferente.
«¿Por qué las estrellas no se caen?».
«¿Por qué los caballos duermen parados?».
«¿Por qué el cielo cambia de color?».
Hasta que una tarde, mientras Catalina remendaba una camisa en el porche, Nicolás hizo una pregunta mucho más difícil.
«¿Mi mamá puede vernos desde el cielo?».
La aguja quedó suspendida entre los dedos de Catalina.
El pequeño estaba sentado a sus pies, jugando con un caballo de madera que Rafael había tallado años atrás.
Catalina dejó la costura a un lado.
«No sé exactamente cómo funciona el cielo, Nicolás».
El niño levantó la mirada.
«Papá dice que mamá está con Dios».
«Entonces podemos esperar que esté en un lugar lleno de paz».
Nicolás acarició la crin de madera.
«¿Y si usted se queda, mi mamá se pondrá triste?».
Catalina sintió que algo se le apretaba en el pecho.
Se arrodilló frente a él.
«Escúchame bien, pequeño. Tu mamá siempre será tu mamá. Nadie puede quitarle ese lugar en tu corazón, ni en el de tus hermanos».
«¿Ni usted?».
«Ni yo».
Nicolás frunció el fruncido.
«Pero yo quiero que usted también sea mi mamá».
Catalina lo abrazó suavemente.
«El corazón es un lugar muy grande, Nicolás. A veces puedes guardar dos amores diferentes sin que uno bastante espacio al otro».
El pequeño meditó aquello durante unos segundos.
Después levantó los brazos y la rodeó por el cuello.
«Entonces mi corazón debe ser grandísimo».
Catalina cerró los ojos.
«Eso creo, mi cielo. Eso creo».
No sabía que Rafael había escuchado toda la conversación desde el otro lado del porche.
El hombre permaneció allí largo rato, mirando el horizonte, mientras una lágrima silenciosa descendía por su mejilla.
Sin embargo, no todo era alegría.
Gabriel continuaba manteniendo las distancias.
Nunca era descortés con Catalina, pero tampoco se acercaba a ella voluntariamente.
Cuando sus hermanos la invitaban a pasear, él encontró alguna tarea pendiente.
Cuando ella les contaba historias junto al fogón, Gabriel permanecía en el establo.
Y cuando Nicolás comenzó a llamarla cariñosamente «Cata», el mayor apretó los labios con evidente molestia.
Una noche, durante la cena, el pequeño anunció:
«Cuando Catalina se caso con papá, tendremos otra vez una mamá».
El silencio fue inmediato.
Gabriel dejó caer la cuchara sobre la mesa.
«No digas tonterías».
Nicolás lo miró desconcertado.
«Pero yo quiero…».
«Nuestra mamá murió», interrumpió Gabriel con dureza. «Y nadie va a reemplazarla».
Rafael levantó la voz.
«Gabriel, basta».
Pero Catalina alzó una mano.
«Déjelo, señor Ortega».
El muchacho se puso de pie.
«Usted no entiende nada».
Catalina lo miró sin enojo.
«Es posible que tengas razón».
Aquella respuesta lo sorprendió.
«Yo no conocí a tu madre», continuó ella. «No sé cómo era su voz, ni cómo reía, ni qué canciones les cantaba. Y tampoco tengo derecho a pedirte que me quieras solamente porque he llegado a esta casa».
Gabriel apretó los puños.
Durante un instante pareció dispuesto a responder.
Pero sus ojos se llenaron de lágrimas y salieron apresuradamente hacia la oscuridad.
Rafael quiso seguirlo.
Catalina lo detuvo.
«Dele unos minutos».
«No debía hablarle así».
«No estaba hablando contra mí», respondió ella suavemente. «Estaba defendiendo lo que teme perder».
Rafael miró hacia la puerta.
«Desde que Isabel murió, Gabriel ha cuidado a sus hermanos como si fuera su obligación. A veces pienso que se olvidó de vivir su propia vida».
«Entonces debemos ayudar a recuperar esos años».
Rafael bajó la cabeza.
«No sé si sabré hacerlo».
Catalina tomó su mano por primera vez.
Fue un gesto pequeño, casi involuntario.
Pero Rafael sintió aquella caricia con una intensidad que lo dejó sin aliento.
«No tiene que hacerlo solo».
