gemía desde el dormitorio.
Mariana corría asustada pensando que se estaba ahogando. Le acomodaba la almohada, revisaba el pañal, le ofrecía agua.
Rodrigo ni siquiera despertaba.
Después de seis semanas, Mariana había perdido casi seis kilos.
Una compañera de la oficina le preguntó si estaba enferma.
—Solo estoy cansada.
No quería quejarse. Se repetía que Teresa era una mujer enferma y que abandonar a alguien en ese estado sería inhumano.
Hasta aquella mañana.
Mariana ya había salido rumbo al supermercado cuando recordó que había dejado la cartera sobre la mesa.
Regresó.
Abrió la puerta sin hacer ruido.
Entonces escuchó algo proveniente del dormitorio de Teresa.
No eran gemidos.
Eran pasos.
Mariana avanzó despacio por el pasillo y miró por la puerta entreabierta.
El corazón pareció detenerse.
Doña Teresa estaba sentada en el borde de la cama.
Perfectamente recta.
Tenía ambos pies apoyados en el piso y sostenía un celular con
