estaba encorvada, con la cabeza ligeramente inclinada y una expresión ausente. Mariana sintió un nudo en el pecho.
Desde aquel día su vida dejó de pertenecerle.
Se levantaba a las cinco y media para preparar el desayuno, acomodar a Teresa, darle sus medicamentos y cambiarle el pañal antes de salir a trabajar. Al mediodía regresaba cuando podía para revisar que todo estuviera bien. Por la noche preparaba comida, la bañaba, la giraba en la cama para evitar llagas y volvía a cambiarla.
Teresa apenas movía los ojos.
Rodrigo, en cambio, seguía viviendo casi como antes.
—Estoy muerto —decía al regresar del trabajo, tirándose en el sofá—. Hoy hubo muchísimo tráfico.
Mariana lo miraba con ojeras, las manos irritadas por el jabón y el desinfectante.
—Tu mamá lleva una hora quejándose. ¿Puedes ayudarme a cambiarla?
—Tú lo haces mejor.
Y volvía a mirar el celular.
Por las noches era peor.
Teresa
