Desde su altura, el cuervo se encogía, no por envidia, sino por una sensación profunda de no pertenecer. Nadie lo llamaba hermoso, nadie lo esperaba, nadie lo escuchaba. Sus pensamientos se volvieron cada vez más pesados.
El deseo de ser otro
Con el tiempo, el cuervo comenzó a dudar de sí mismo. Empezó a ver su sombra no como parte natural de su ser, sino como una carga. Soñaba con tener las alas suaves de la paloma, su luz, su canto. Y entonces, tomó una decisión que marcaría su vida: intentaría parecerse a ella.
Desde ese día, dejó de lanzarse al viento con fuerza. Volaba bajo, lento, imitando los movimientos suaves de la paloma. Limpiaba sus plumas una y otra vez, buscando un brillo que su negro plumaje no podía reflejar. Intentaba cantar como ella, pero su voz grave se quebraba. Se esforzaba por sonreír con los ojos, pero dentro de sí se sentía vacío.
Y lo más doloroso fue darse cuenta de que, a pesar de todos esos esfuerzos, nadie lo notó. Nadie lo celebró. Nadie lo vio.
El encuentro inesperado
Un día, agotado y confundido, bajó al claro del bosque. Allí estaba la paloma, bebiendo agua del arroyo. El cuervo se acercó, tembloroso.
