Renata soltó una risa pequeña.
—Por eso digo que es bueno. Pero un buen hombre no siempre es suficiente. Lo que necesito de Julián ahora es su historial en el banco, su casa y su silencio.
El mundo no se cayó de golpe.
Se volvió lento.
Julián sintió el peso de las flores, el zumbido de las luces, el olor a desinfectante. No respiró fuerte. No tiró el ramo. No abrió la puerta.
Renata continuó:
—La línea de crédito ya casi está lista. Con ese dinero lanzo la empresa, aguanto 1 año, hago cartera de clientes y luego me voy. Limpio. Sin drama.
—¿Y Tomás? —preguntó Valeria.
Hubo un silencio.
Luego la voz de Renata cambió. Se volvió más suave.
—Tomás me entiende. Siempre me entendió. En la universidad ya había algo, y cuando volvió a buscarme el mes pasado… fue como si no hubiera pasado el tiempo.
—Pero estás casada.
—Por ahora.
Julián bajó la mano.
Retrocedió 1 paso.
Luego otro.
No caminó rápido. No quería parecer un hombre huyendo de su propia vida.
Llegó a la sala de espera junto a los elevadores, se sentó y puso el ramo en la silla de al lado. Miró las puertas metálicas abrirse y cerrarse 2 veces.
Algo dentro de él dejó de pedir explicaciones.
Sacó su celular y escribió a su abogado, Mauricio Salcedo, un amigo de la preparatoria que ahora llevaba asuntos familiares y patrimoniales.
“Necesito verte mañana. Urgente.”
Después guardó el teléfono, tomó las flores y regresó a la habitación.
Tocó.
—Pasa —dijo Renata.
Julián entró con una sonrisa tranquila.
—Hola, amor. ¿Cómo te sientes?
Ella abrió los ojos al ver las flores.
—Ay, Julián… son mis favoritas.
—Lo sé.
Se quedó 2 horas.
Le acomodó las almohadas. Le llenó el vaso de agua. Preguntó por el dolor. Sonrió cuando debía sonreír. Tomó su mano cuando ella se la ofreció.
Valeria casi no lo miró a los ojos.
Julián sí la miró.
Y en esa mirada ella entendió que él había escuchado algo.
Al día siguiente, Julián llevó a Renata a casa. Le preparó caldo de pollo, dejó sus medicinas acomodadas en la mesa de noche y le dijo que tenía que salir por trabajo.
Fue directo al despacho de Mauricio.
No lloró ahí tampoco.
Contó todo desde el principio, con fechas, palabras, pausas y nombres.
Mauricio lo escuchó sin interrumpir.