Todo se desarrolló como un cuento de hadas. A las 5:00 p. m., Valeria caminó hacia el altar. Sebastián la esperaba al final de un pasillo cubierto de miles de pétalos blancos. Estaba impecable, con un traje hecho a medida y una sonrisa que parecía disipar toda duda. Intercambiaron votos bajo la mirada emocionada de sus seres queridos. La recepción fue una fiesta de alegría, tequila y baile que duró nueve horas. Sin embargo, entre los brindis, Valeria notó una sombra fugaz en los ojos de su esposo. Una frialdad inexplicable. Un vacío.
En nuestra noche de bodas mi esposo me rechazó porque estaba cansado, pero en la madrugada oí gemidos que venían de la habitación de mi suegra, y lo que vi cuando abrí la puerta me heló la sangre…
