—Gracias —le susurré al viento— por enseñarme lo que era el amor verdadero. Y gracias por ayudarme a reconocerlo cuando lo encontré otra vez.
Esta mañana desperté como todos los días durante los últimos tres años: rodeada de amor en mi propia casa, dueña de mi propio destino.
A los setenta años, finalmente aprendí que nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo. Nunca es demasiado tarde para defenderte. Y nunca, nunca es demasiado tarde para ser feliz.
La venganza más dulce no es destruir a quienes te lastimaron.
La venganza más dulce es construir una vida tan hermosa que ya no te importe lo que ellos hagan con la suya.