EL MEJOR AMIGO DE MI ESPOSO LLEVABA A NUESTRA HIJA DE 16 AÑOS A SUS CLASES DE BALLET TRES VECES POR SEMANA. DE PRONTO, ELLA DEJÓ DE HABLARNOS,

Su expresión cambió.

—¡Pues ya no quiero!

Me quedé inmóvil.

Camila respiraba rápidamente.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Hija, ¿pasó algo en la academia?

Negó con la cabeza.

—¿Alguna compañera te hizo sentir mal?

—No.

—¿Tu maestra te dijo algo?

—¡Mamá, por favor!

Se levantó.

Me abrió la puerta.

Y me pidió que saliera.

Aquella noche hablé con Mauricio.

Le conté lo preocupada que estaba.

Él suspiró.

—Verónica, tiene dieciséis años.

—¿Y eso qué significa?

—Que está creciendo. Que tiene cambios de humor. Que quizá está cansada.

Negué con la cabeza.

—Esto no es normal en ella.

Mauricio me tomó la mano.

—No podemos convertir cada silencio en una tragedia.

Quise creerle.

De verdad quise.

Pero había algo en la mirada de Camila que me impedía estar tranquila.

Y entonces ocurrió lo que terminó por despertar todos mis temores.

Fue un jueves por la noche.

Yo estaba sacando la basura cuando Julián llegó para dejarla.

Su automóvil se detuvo frente a nuestra casa.

Camila no bajó inmediatamente.

Permaneció sentada junto a la ventanilla.

Me acerqué sin hacer ruido.

Entonces escuché su voz.

—Pero me prometiste que ibas a hablar con ella.

Me detuve.

Julián respondió en voz baja.

—Camila, ahora no.

—Por favor, tío Julián.

Su voz sonaba desesperada.

—No puedo seguir así.

Él contestó con un tono más firme.

—Te dije que tenemos que encontrar el momento adecuado.

Camila le sujetó la manga.

—Pero me prometiste que me ayudarías.

PARTE3
En ese instante Julián me vio.

Su expresión cambió.

Camila soltó su brazo inmediatamente.

Abrió la puerta.

Y caminó hacia la casa sin mirarme.

—Buenas noches, Vero —dijo Julián.

Intentó sonreír.

Yo apenas pude responder.

—Buenas noches.

Observé cómo se alejaba.

Después entré a casa.

Camila ya estaba en su habitación.

Subí las escaleras.

Llamé a la puerta.

—Hija, ¿podemos hablar?

—Estoy cansada.

—Escuché que estabas hablando con tu tío Julián.

Silencio.

—¿Qué te prometió?

No respondió.

—Camila, por favor, dime qué está pasando.

Entonces escuché un sollozo.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Estás llorando?

—¡Déjame en paz!

Me quedé paralizada.

—Hija…

—¡No es asunto tuyo! ¡Ya no quiero hablar contigo!

Después escuché cómo cerraba el seguro de la puerta.

Permanecí allí varios minutos.

Sin saber qué hacer.

Aquella noche casi no dormí.

Mi mente comenzó a construir explicaciones cada vez más terribles.

Mi hija estaba cambiando.

Ya no quería bailar.

Escondía sus zapatillas.

Lloraba a puerta cerrada.

Y parecía compartir con Julián un secreto que no podía contarme.

Recordé la manera en que le había sujetado la manga.

Su voz suplicante.

La expresión de Julián cuando me vio.

Y sentí un miedo que apenas podía soportar.

No quería pensar mal de él.

Era nuestro amigo desde hacía treinta años.

Había cargado a Camila cuando era bebé.

Le había enseñado a andar en bicicleta.

Había celebrado cada uno de sus cumpleaños.

Pero también sabía que la confianza no debía impedirme escuchar las señales de que algo podía estar ocurriendo.

No tenía pruebas.

No sabía qué significaba aquella conversación.

Y precisamente por eso necesitaba averiguarlo.

A la mañana siguiente tomé una decisión.

Pedí salir temprano del trabajo.

No se lo dije a Mauricio.

Tampoco avisé a Julián.

Conduje hasta la academia.

Quería ver a mi hija.

Hablar con su maestra.

Y comprender por qué había dejado de disfrutar aquello que antes amaba.

Llegué cuando las clases ya habían comenzado.

El edificio estaba iluminado.

Se escuchaba música detrás de las puertas.

Varias alumnas caminaban por los pasillos con sus bolsas de danza.

Me acerqué al salón donde Camila debía estar practicando.

Miré a través del vidrio.

Había una fila de muchachas sujetas de la barra.

La maestra caminaba frente a ellas.

Corrigiendo posiciones.

Indicando movimientos.

Observé cada rostro.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Camila no estaba.

Sentí un escalofrío.

Volví a mirar.

Quizá estaba detrás de otra alumna.

Quizá había salido al baño.

Quizá se encontraba en otro salón.

Pero no.

Mi hija no estaba allí.

Busqué a una empleada.

Le pregunté por la maestra de Camila.

Minutos después apareció una mujer de unos cincuenta años.

Se llamaba Elena Márquez.

Era la instructora principal del programa avanzado.

Siempre había sido amable con nosotros.

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