Acerqué una flor a su pequeña nariz.
El bebé hizo una mueca y Daniel soltó una carcajada.
Yo también reí.
Durante meses creí que mi tragedia era estar perdiendo la vista.
Después de entender algo mucho más doloroso.
Había estado ciego desde mucho antes.
No por las gotas.
Sino porque confiaba más en las palabras de mi esposo que en esa voz interior que llevaba años diciéndome que algo no estaba bien.
Mauricio quiso quitarme los ojos para quedarse con mi patrimonio.
Terminó perdiendo la libertad, el dinero y la vida que había intentado construir sobre mentiras.
Yo, en cambio, recuperaré algo mucho más importante que una casa o una colección.
Recupera la capacidad de decidir.
Y cada mañana, cuando cruzo el jardín llevando a mi hijo de la mano, vuelvo a mirar las rosas de mi padre.
Ya no me recuerdan todo lo que casi perdí.
Me recuerdan todo lo que finalmente aprendí a ver.
