Los procesos judiciales duraron meses.
Recuperar algunas obras fue imposible.
Otras aparecieron en colecciones privadas y pudieron ser aseguradas.
Yo tuve que aprender algo todavía más difícil que volver a ver.
Tuve que aprender a vivir sin miedo.
Durante mucho tiempo, cada vez que alguien se acercaba con un frasco de medicina, mi cuerpo se tensaba.
Cambié cerraduras.
Instalé barandales.
Abrí ventanas que habían permanecido cerradas durante años.
Y el primer día que pude caminar sola por el jardín, Daniel me esperaba junto a los rosales.
—¿Qué ves? —preguntó.
Miré a mi alrededor.
El cielo azul.
La casa.
Las hojas.
Las flores que mi padre había plantado.
Después lo miré a él.
—Más de lo que veía cuando tenía los ojos sanos.
Daniel Apunta.
Fernanda me escribió meses después desde un centro donde recibía apoyo psicológico.
Había renunciado voluntariamente a la custodia de su hijo.
En la carta no buscó excusas.
Reconoció que había participado en el engaño porque soñaba con convertirse en la nueva señora de una casa que jamás le perteneció.
También escribió una frase que guardé durante mucho tiempo:
“Lo peor no fue amar a un hombre malo. Fue convertirme en alguien mala para que él me eligiera.”
El bebé quedó bajo protección mientras se definía su situación.
Daniel y yo empezamos a visitarlo.
Al principio no hablamos de adopción.
Después empezamos a hacerlo.
Yo nunca había podido tener hijos.
Daniel tampoco tenía familia cercana.
Un día, mientras sostenía al pequeño, comprendí que aquel niño no debía pagar por los pecados de sus padres.
El proceso fue largo.
Entrevistas.
Evaluaciones.
Visitas.
Documentos.
Meses de incertidumbre.
Pero finalmente recibimos la autorización.
Cuando salimos del centro de asistencia con el bebé en brazos, Daniel me preguntó:
—¿Lista?
Miré al niño.
Después observé el cielo sin niebla delante de mis ojos.
—Ahora sí.
Volvimos a la casa.
No destruí el jardín.
Tampoco convertí el despacho de mi padre en un museo triste.
La casa volvió a llenarse de ruido.
De visitas.
De risas.
De vida.
Una tarde llevé al niño hasta el rosal más antiguo.
Era el favorito de mi padre.
