Era un acta de defunción.
Esteban Morales había muerto 6 meses antes en un hospital público de Veracruz.
Solo.
Sin registrar familiares.
El auditorio se quedó helado.
Julián se dobló como si le hubieran dado un golpe.
Camila bajó del escenario de inmediato, pero Sofía le hizo una señal para que esperara.
Aún faltaba algo.
Regina leyó la última parte de la carta, ahora con la voz rota.
—“Julián, sé que te estoy robando la vida. Sé que vas a odiarme. Y tienes derecho. Pero si esas niñas crecen buenas, fuertes y libres, no será por mí. Será por ti. Prometo que, aunque sea desde lejos, voy a intentar pagar cada año que te quite.”
Julián ya no pudo sostenerse.
Cayó de rodillas entre las filas, con la cámara colgando del cuello y las manos temblando.
No cayó por debilidad.
Cayó porque durante 22 años había cargado una historia incompleta.
Había criado 3 niñas creyendo que su hermano no tuvo corazón.
Y ahora descubría que sí lo tuvo, pero roto, asustado y demasiado cobarde para volver.
Las 3 hermanas bajaron del escenario.
Regina fue la primera en abrazarlo.
—Papá, no llores.
Camila se arrodilló junto a él.
—Todo lo bueno que somos salió de ti.
Sofía, la más seria de las 3, puso en sus manos una carpeta.
—La cuenta ya fue liberada.
Julián negó con la cabeza.
—No, hijas. Eso es suyo. Su papá lo dejó para ustedes.
Regina sonrió entre lágrimas.
—También encontramos otra cosa.
Dentro de la carpeta había escrituras.
No de una mansión.
No de un rancho enorme.
Era un terreno pequeño en las afueras de Atlixco, comprado por Esteban antes de desaparecer.
El terreno nunca fue reclamado, pero tenía una nota notarial:
“Para que mis hijas tengan un lugar donde volver. Y para que Julián no envejezca rentando un cuarto arriba de una ferretería.”
Julián soltó un gemido que hizo llorar hasta a desconocidos.
Durante años, había pagado colegiaturas, uniformes y medicinas dejando sus propios sueños para después.
Nunca tuvo casa.
Nunca tuvo coche nuevo.
Nunca tuvo vacaciones largas.
Su único lujo era comprarles un pastel distinto a cada una en su cumpleaños, aunque las 3 cumplieran el mismo día.
Sofía tomó el micrófono otra vez, pero ahora desde abajo, junto a él.
—Hoy nos graduamos nosotras 3. Pero el diploma más grande no es nuestro.
La pantalla cambió.