sala, no en el mismo coche. Rebecca conduce.
Aceptó. En el motel, dijo, dejaría el teléfono encendido. En la casa no iba a dormir hasta que yo decidiera si esa cama y esa cocina podían volver a ser un sitio y no una prueba.
Volvimos al hospital con el pijama sobre las rodillas. Anochecía. En la habitación colgué el abrigo yo misma, por primera vez desde la tormenta. La manga descosida quedó hacia dentro. Me senté en la cama y saqué el papel del bloqueo. Lo leí otra vez. Provisional. La palabra me sostuvo y me dejó despierta.
Daniels llamó a Rebecca cuando la bandeja de la cena ya se había enfriado. Ella escuchó, pidió que se lo repitiera y después me pasó el teléfono porque él quiso decírmelo a mí.
—La revisión encontró una copia más de la autorización —dijo—. La grande. La que estaba en el archivo externo
