El hospital seguía siendo el lugar donde nadie podía presentarme un traslado con una sonrisa.
La casa olía a cerrado. El vecino del frente salió al porche y levantó la mano, sin preguntar detalles. Dentro, el gancho de la entrada estaba vacío porque el abrigo viajaba en el brazo de Rebecca. La cocina tenía la mesa despejada. El cajón de las llaves estaba entreabierto. Papá, de pie junto a la nevera, parecía un invitado en su propio suelo.
—No falta nada que yo sepa ver —dijo—. Daniels miró el estudio. Los sobres de la aseguradora ya no están. Se los llevaron ellos. Mejor.
Subí a mi cuarto. La cama estaba hecha con una torpeza que no era mía. Alguien, quizá papá, quizá Karen antes de irse con la bolsa, había intentado dejarla como si nadie hubiera metido la mano bajo la almohada. Abrí el cajón de la ropa. El pijama
