ya no era solo suyo. Papá volvió al motel donde había pasado la noche anterior, porque la casa, dijo Daniels, convenía dejarla quieta hasta que revisaran si alguien había intentado entrar a buscar papeles. Yo subí otra vez a la habitación. El abrigo azul seguía en el perchero. Al pasar le toqué la manga y no me lo puse. Todavía no era una prenda. Era una pregunta.
Rebecca me arropó con la manta del hospital, que crujía y no olía a casa.
—Mañana puedes callar cuando quieras —dijo—. No tienes que salvar a tu padre ni condenar a tu hermana para que te crean. Basta con que cuentes la puerta, la lluvia y que nunca estuviste enferma.
—¿Y si la firma gana?
—Una firma no gana sola cuando la persona a la que nombra está delante y puede hablar. Tú puedes hablar. Eso es lo que ellos intentaron quitarte.
Apagó
