puesta. Los cobros inventados y la estancia real estaban en el mismo número de contrato. Hasta que separaran lo falso de lo verdadero, nadie iba a pagar. El hospital no iba a echarme. Rebecca se había encargado de dejarlo por escrito. Pero la deuda verdadera de mi cama, la de la hipotermia, se había quedado sin sitio donde apoyarse, y la deuda falsa de los ochenta mil seguía con mi nombre encima.
—Entonces sigo enferma en el papel —dije.
—Sigues en revisión —corrigió él—. No es lo mismo. Mañana la aseguradora quiere una reunión. Van a estar ellos, un representante del hospital, yo y Rebecca. Quieren oírte, si los médicos te autorizan a bajar a una sala. También quieren oír a tu padre. La firma de la supervisión permanente es el documento que todavía te tiene atada. Si no se impugna, Marisol puede seguir enseñándolo en otras ventanillas.
—¿Y Karen?
