que habían dejado fuera.
Rebecca compró un sándwich en la cafetería y lo partió en dos. Comimos en silencio. Después me contó lo que Daniels le había escrito en un mensaje, sin adornarlo. Habían ido a la casa. El vecino del porche de enfrente, el mismo que llamó a emergencias la noche de la tormenta, dijo que había visto a Karen salir con una bolsa de deporte y subir a un coche que no era el de papá. No alcanzó a ver a la conductora. Alcanzó a ver un abrigo claro.
—Puede ser ella —dije.
—Puede. También puede ser que tu hermana haya decidido esconderse. Las dos cosas se buscan igual. Tú no vas a resolverlas desde esta cama.
A media tarde llegó otra noticia, y esta no cabía en una carpeta azul. La aseguradora había congelado la póliza familiar. Daniels me lo explicó de pie, con la chaqueta todavía
