y comprobó el pasillo. Volvió a cerrar.
—Entonces hoy no sales de aquí —me dijo—. Ni a la cafetería, ni al jardín, ni a ver a tu hermana al otro lado del cristal. Marisol acaba de anunciar que viene. Y nosotros vamos a estar cuando llegue.
Marisol Vega no llegó con un escándalo. Llegó como llegan las personas que están acostumbradas a que un mostrador les diga que sí. Rebecca me lo contó después con la precisión de quien no quiere regalarme una leyenda. Yo, desde la habitación, solo alcancé a oír el ascensor, unos tacones que no eran los de las enfermeras y la voz de Daniels, baja y firme, cortándole el paso en el distribuidor.
Rebecca entreabrió mi puerta lo justo para que yo viera el pasillo y no para que el pasillo me viera a mí. Marisol era más joven de lo que yo había imaginado. Llevaba
