Se movió rápido pero sin hacer ruido. Cada objeto que guardaba no era solo tela o papel—era un pedazo de su libertad. Cuando cerró la cremallera del bolso, se miró en el espejo. Por primera vez en años, no vio a la mujer a la que David humillaba. Vio a una mujer que había llegado a su límite.
Abajo, el sonido de risas flotaba hasta ella. David estaba en su elemento, entreteniendo a sus colegas, disfrutando de la atención. No se dio cuenta de que Emma regresó brevemente, dejó la fuente vacía en el fregadero y deslizó su bolso junto a la puerta trasera.
Entró una última vez en la sala.
—“¿Alguien quiere café?” —preguntó amablemente.
Los invitados sonrieron y negaron. David agitó la mano con desdén.
—“No te molestes. Solo siéntate y luce bonita por una vez.”
Los labios de Emma se curvaron en la más leve sonrisa.
—“Por supuesto” —respondió.
Se quedó unos minutos más, escuchando, asintiendo, riendo en los momentos adecuados. Y luego, cuando sintió que era el momento, se levantó.
—“Lo siento” —dijo suavemente, mirando a cada invitado—. “Necesito salir un momento.”
David apenas la miró.
—“No tardes.”
