A los 48 años, Mariana dejó la cafetería de su escuela para reencontrarse consigo misma: una historia de redescubrimiento personal.

Soltó una risita contenida. Una risa cansada, amarga y sincera. Entonces Amir salió del baño, vestido con una camisa blanca.

—¿Qué ha pasado?

—Tu numerito de princesa me ha matado —respondió ella.

Él la miró unos segundos y luego estalló en carcajadas. Una risa sincera y cálida, sin rastro de burla. Por primera vez desde que lo conocía, Mariana sintió que él también era humano, y no solo la imagen perfecta que se esforzaba por proyectar.

La otra cara de la riqueza. En los días siguientes, Mariana empezó a vislumbrar la cara oculta de la vida de Amir. Cierto es que él era rico. Muy rico. Pero vivía solo en una mansión inmensa, pasaba más tiempo al teléfono que con la gente y casi nadie iba a verle sin segundas intenciones.

Una tarde, mientras tomaban el té en la terraza, él le preguntó sin rodeos:

—¿Por qué huyó de Rumanía?

Ella tardó un tiempo en responder.

—Porque ya nadie me veía.

Amir dejó la taza sobre la mesa.

—¿Y usted? ¿Se ve a sí misma aquí?

La pregunta le afectó más de lo que había imaginado. Pensó de nuevo en la mujer que había dejado Buzău con una maleta y sueños persistentes. En aquella mujer que quería demostrar que aún podía ser deseada. Pero la verdad era muy distinta: no había huido en busca de amor, sino para sentirse importante a los ojos de alguien.

La llamada que lo cambió todo
. Aquella noche apenas durmió. Por la mañana, llamó a su hija. Al oír su voz, se le hizo un nudo en la garganta.

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