—Si arregla mi Porsche, hasta me caso con usted —se burló la millonaria, mientras sus acompañantes se reían de mi camisa manchada de grasa.

PARTE 1
—Si consigue que arranque sin fallar, hasta me caso con usted —dijo la dueña del Porsche, mientras sus 3 acompañantes se reían de mi camisa manchada de grasa.

Yo había llegado a aquella residencia de Juriquilla en mi camioneta de trabajo.

Me llamo Alejandro Herrera, tenía 38 años y vivía con mi hija Nora, de 7, arriba de mi pequeño taller en Querétaro.

El taller tenía 2 espacios de trabajo, una cafetera que fallaba cada lunes y cuentas que pagaban a fin de mes.

Nunca había entrado a una casa con un garaje para 6 automóviles.

Tampoco había ido a pedir matrimonio.

Me habían contratado para reparar un motor que llevaba 18 meses dando problemas.

—Mi papá lo cuidaba como a un hijo —me explicó Sofía Arroyo, señalando el Porsche 911 Carrera RS de 1973—.

Desde que murió, nadie ha logrado dejarlo bien.

Detrás de ella, Patricio Vidal, su socio en una firma de inversiones, miró mi caja de herramientas.

—Ya lo revisaron especialistas de la capital.

Ver más en la siguiente página 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *