5. «No firme… lo están engañando», me dijo una mujer que apenas tenía un vaso de agua frente a ella, mientras su pequeño hijo comía a su lado. Yo estaba a segundos de firmar un contrato millonario, confiando en mi socio y mejor amigo desde hacía doce años. Fingí estar tranquilo, guardé la pluma y mandé revisar las 53 páginas. Lo que apareció en los documentos amenazaba con destruir mucho más que mi empresa…

PARTE 1

—¡NO FIRME ESE CONTRATO! SU SOCIO LO ESTÁ VENDIENDO A SUS ESPALDAS.

El susurro llegó justo cuando Gabriel Salazar estaba a punto de estampar su firma en el acuerdo más importante de su vida.

Gabriel, de 43 años, era dueño de una empresa en Guadalajara que fabricaba sistemas de purificación de agua para comunidades y pequeños municipios. Había comenzado quince años atrás en una bodega rentada, con dos trabajadores y más deudas que clientes.

Ahora estaba sentado en un elegante restaurante de Providencia, frente a dos empresarios británicos dispuestos a distribuir sus equipos por toda Europa.

El contrato representaba casi doscientos millones de pesos en oportunidades comerciales.

Y una mujer desconocida acababa de pedirle que no lo firmara.

Gabriel levantó ligeramente la mirada.

A su espalda había una mesa pequeña. Una mujer de unos 33 años, con un abrigo demasiado grande y unos zapatos desgastados, acompañaba a un niño de ocho años.

El pequeño comía pasta con entusiasmo.

Frente a ella solamente había un vaso de agua.

—Disculpen un momento —dijo Gabriel a los empresarios.

Se levantó y caminó hacia el pasillo de los sanitarios.

La mujer apareció segundos después.

—Tiene dos minutos para explicarse —advirtió él.

—Los escuché hablando en inglés junto a la entrada. Dijeron que usted firmaría hoy una cláusula que les permitiría quedarse prácticamente con su empresa.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Usted entiende inglés?

—Soy traductora profesional.

Él miró involuntariamente su ropa.

Ella lo notó.

—También las traductoras podemos quedarnos sin trabajo, señor.

Gabriel sintió vergüenza.

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—¿Qué más escuchó?

La mujer respiró profundamente.

—Uno dijo: “Lo importante es que firme antes de que alguien revise el anexo”. Y el otro respondió que Mauricio ya había preparado todo desde adentro.

Gabriel se quedó inmóvil.

Mauricio Rivas.

Su mejor amigo desde hacía doce años.

El hombre que había sido testigo de su boda, que lo acompañó cuando enterró a su padre y que actualmente era su director de operaciones.

Mauricio debía estar presente en aquella reunión, pero esa mañana había llamado asegurando que sufría un terrible dolor de espalda.

—¿Está segura de ese nombre?

—Completamente.

—¿Por qué me está contando esto?

Los ojos de ella se entristecieron.

—Porque una vez firmé algo confiando en alguien que decía quererme. Perdí casi todo. Nadie me advirtió.

—¿Cómo se llama?

—Lucía Hernández.

Antes de que Gabriel pudiera preguntar algo más, ella regresó por su hijo.

Cuando él volvió a la mesa, los británicos sonrieron.

—¿Estamos listos, señor Salazar? —preguntó Edward Price.

Gabriel observó la pluma.

Después cerró el contrato.

—Mis abogados necesitan revisar nuevamente los anexos.

Thomas Blake, el segundo empresario, reaccionó de inmediato.

—¡Pero Mauricio ya autorizó todos los cambios!

Price lo miró con tanta dureza que Blake dejó de hablar.

Gabriel sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

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—Entonces no tendrán inconveniente en esperar.

La sonrisa de Price desapareció.

—Tiene hasta el jueves. Después retiraremos nuestra oferta.

Los dos hombres se marcharon.

Gabriel permaneció sentado, mirando el lugar donde había estado aquella mujer.

El mesero se acercó con discreción.

—Señor, la señora del niño dejó su teléfono. Dijo que podría declarar lo que escuchó.

Gabriel tomó el número.

Después llamó a un abogado externo y pidió una revisión confidencial del contrato.

Pero antes de salir recibió un mensaje de Mauricio:

“¿Ya firmaste, hermano? Estoy esperando para celebrar”.

Gabriel todavía no sabía cuánto le habían mentido.

Ni que su mejor amigo había puesto precio a doce años de lealtad.

Y mucho menos imaginaba que aquella mujer que no tenía dinero ni para comprarse un almuerzo acababa de cambiar el destino de los tres.

PARTE 2

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