Lucía salió del restaurante sujetando la mano de Mateo.
—Mamá, ¿por qué no comiste nada? —preguntó el niño.
—No tenía hambre, mi amor.
Era mentira.
Llevaba casi veinticuatro horas sin comer algo decente.
En su bolsa quedaban apenas 140 pesos, suficientes para regresar a casa y comprar unos huevos.
Vivían en un pequeño departamento rentado en la colonia Oblatos. Un ropero separaba la cama de Mateo del sofá donde ella dormía.
Seis años antes, Lucía había sido una traductora reconocida. Hablaba inglés perfectamente y trabajaba con empresas industriales.
Pero su esposo Julián la convenció de dejar el empleo cuando nació Mateo.
Después le pidió firmar unos documentos.
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—Es un simple trámite bancario, mujer. Confía en mí.
Lucía firmó.
Meses después descubrió que había solicitado un préstamo de 180 mil pesos a su nombre.
Julián perdió el dinero en un negocio, se enamoró de otra mujer y abandonó a su familia.
Lucía se quedó con el niño, las deudas y una carrera profesional que había descuidado durante años.
Desde entonces limpiaba consultorios, traducía documentos ocasionales y aceptaba cualquier trabajo honrado.
Aquella tarde había ido al restaurante porque una reclutadora prometió entrevistarla allí.
Veinte minutos antes de la cita, recibió un mensaje:
“Disculpa, la vacante ya fue ocupada”.
Mateo tenía hambre. Ella pidió el platillo más económico para él.
Y entonces escuchó aquella conversación.
Mientras Lucía calentaba sopa en su diminuta cocina, Gabriel estaba reunido con el licenciado Ernesto Cárdenas, un abogado especializado en contratos internacionales.
A las once de la noche, Ernesto dejó varias hojas sobre el escritorio.
—Gabriel, si hubieras firmado, estarías acabado.
—Explícame.
—La cláusula siete del anexo otorga a los británicos distribución exclusiva durante quince años. Pero no solamente en Europa. También en México y el resto del mundo. Además, podrían utilizar tus diseños industriales en productos propios.
Gabriel apretó los puños.
—Eso jamás lo negociamos.
—Hay algo peor. Cancelar el acuerdo tendría una penalización superior a las utilidades de tu empresa.
—¿Y mi departamento jurídico?
Ernesto giró la computadora.
—Tus abogados revisaron una versión diferente. El documento modificado salió después desde el correo de Mauricio, bajo el concepto de “correcciones administrativas”.
Gabriel sintió náuseas.
Su amigo había preparado la trampa personalmente.
Al día siguiente, Mauricio llamó fingiendo preocupación.
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—¿Por qué no firmaste, hermano?
—Quería revisar algunos detalles.
—¡Pero yo mismo revisé todo!
—Entonces no tienes de qué preocuparte.
Gabriel colgó antes de que la rabia lo traicionara.
Esa tarde buscó nuevamente a Lucía.
Ella no había llamado porque temía que pensara que esperaba una recompensa.
Gabriel consiguió una cita mediante el encargado del restaurante y acudió personalmente a su edificio.
—Vine a agradecerle —explicó, ofreciéndole un sobre con dinero.
Lucía retrocedió.
—No necesito que compre mi conciencia.
—No estoy intentando comprar nada.
—Entonces guárdelo.
Gabriel comprendió que insistir sería insultarla.
—¿Necesita trabajo?
Lucía bajó la mirada.
—Muchísimo. Pero no quiero lástima.
—Mi empresa necesita traductores técnicos. Tendrá que presentar un examen como cualquier candidato.
Ella lo observó sorprendida.
—¿Y si repruebo?
—No conseguirá el puesto.
Por primera vez, Lucía sonrió.
—Entonces sí me interesa.
Gabriel le entregó una tarjeta.
Dos horas después, mientras conducía de regreso a su oficina, recibió una llamada de Ernesto.
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—Encontré una empresa intermediaria relacionada con Price. Si se firmaba el contrato, recibiría una comisión millonaria.
—¿Quién es el dueño?
—Todavía estamos comprobando los documentos, pero aparece una mujer. Y el apellido te resultará demasiado conocido.
Gabriel estacionó de golpe.
—Dime quién es.
Ernesto pronunció el nombre.
Y Gabriel comprendió que la traición de Mauricio era mucho más profunda de lo que imaginaba.
PARTE 3
