Alejandro la abrazo despacio.
—No vas a aguantar ni 1 minuto más.
Natalia comenzó a llorar contra su pecho. No era un llanto fuerte, sino agotado, como si su cuerpo ya no tuviera energía para romperse.
—Pensé que no me creerías —susurró.
—Te fallé al hacerte pensar eso.
A las 7:00, doña Beatriz tocó la puerta.
—¡Natalia! Los niños quieren pan caliente.
Alejandro abrió.
—Que se los prepara su abuela.
Su madre lo miró ofendida.
—No mares grosero. Tenemos visitas.
—No son visitas. Son ocupantes que entraron sin mi permiso.
En la sala, Víctor seguía usando sus pantuflas. Mónica comía semillas sobre el sofá y uno de los niños había derramado cereal.
Don Ernesto salió del cuarto.
—¿Qué escándalo traes?
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Alejandro apagó la televisión.
—Todos se van.
Víctor soltó una carcajada.
—Calma, muchacho. Tu papá y yo tenemos negocios.
—Intentar hipotecar mi casa con documentos falsos no es un negocio. Es fraude.
El silencio cayó de golpe.
Doña Beatriz dejó de llorar antes de empezar. Don Ernesto palideció.
Alejandro puso una carpeta sobre la mesa.
—Aquí están los videos, los registros de llamadas desviadas, las compras pagadas por Natalia y los documentos que quisieron hacerle firmar.
Víctor se levantó.
—Estás entendiendo mal.
—También tengo el audio donde amenazan a mi esposa porque creen que nadie la defenderá.
Mónica tomó su bolso.
—Vámonos, Víctor. Este güey está loco.
—No tan rápido.
Alejandro llamó a la seguridad del fraccionamiento y después a la policía.
Su madre comenzó a gritar.
—¡Nos estás humillando por culpa de esa mujer!
Natalia apareció detrás de él, pálida.
Doña Beatriz la Transición.
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—¡Seguro ella te llenó la cabeza!
Alejandro se interpuso.
—No vuelvas a señalar a mi esposa.
Don Ernesto golpeó la mesa.
—Baja la voz. Somos tus padres.
—Y usaron eso como arma.
—Te dimos la vida.
—Y yo les di un hogar. Ustedes lo convirtieron en una prisión para Natalia.
La policía llegó 40 minutos después. Levantó un reporte, aseguró los documentos y obligó a Víctor, Mónica y los niños a salir.
Antes de cruzar la puerta, Víctor miró a Alejandro.
—Te vas a arrepentir.
—Ya me arrepiento. De no haber vuelto antes.
Cuando la casa quedó en silencio, Natalia permaneció de pie en medio del desorden, como si no supiera qué hacer sin órdenes.
Doña Beatriz se dejó caer en una silla.
—No puedes echarnos también.
Alejandro la miró sin titubear.
—Tienen 7 días para irse.
Su padre se puso rojo.
—Esta casa también es nuestra.
-No. Está en el nombre de Natalia y mío.
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Doña Beatriz lloró, pero él ya había visto demasiadas lágrimas de Natalia escondidas entre ropa mojada.
Esa tarde la llevó a un hospital privado.
El diagnóstico fue anemia severa, deshidratación, gastritis e infección en la quemadura.