PARTE 2
Alejandro pasó el resto de la madrugada revisando cada archivo. Ya no sentía sueño, solo una rabia fría que le subía desde el estómago.
El hombre era Víctor Salgado. No era pariente.
Había sido socio de don Ernesto en una constructora quebrada hace 8 años. Arrastraba demandas por fraude y deudas de apuestas.
La mujer de uñas rojas era Mónica, su esposa. Los 3 niños eran sus nietos.
Don Ernesto le debía a Víctor más de 4.000.000 de pesos y había decidido pagarle con algo que no le pertenecía: la casa de Alejandro y Natalia.
Las grabaciones mostraron que intentaron obligar a Natalia a firmar una autorización para usar la propiedad como garantía, asegurando que Alejandro ya lo sabía.
Ella se negó.
—Quiero hablar con mi esposo primero —dijo, con la mano quemada pegada al pecho.
Doña Beatriz cambió de tono.
—¿Ahora desconfías de nosotros? Te recibimos en esta familia y así pagas. Una buena nuera apoya a sus sueños sin hacer preguntas.
Natalia no firmó, pero desde ese día el castigo empeoró.
La obligaron a pagar comida, medicinas y ropa para los niños. Cuando su tarjeta quedó sin fondos, Mónica la llamó “mantenida inútil”.
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En otra grabación, Natalia tenía fiebre y pidió ordenar comida.
Doña Beatriz dejó un vaso sobre la mesa con un golpe.
— ¿Sabes cuánto cuesta alimentar a tanta gente? No hagas drama y cocina.
Mientras freía pescado, el aceite saltó sobre su mano. Natalia gritó.
—Agua fría y sigue —dijo su suegra.
Mónica se rio desde la sala.
—Las muchachitas de ciudad no aguantan nada, neta.
Alejandro detuvo el video. Durante 3 meses había dormido en hoteles, creyendo que enviar dinero bastaba para cuidar a su esposa.
En el día 51 escuchó la conversación que confirmó todo.
—Alejandro firma lo que sea si su mamá llora —dijo don Ernesto—. Es buen hijo.
Víctor respondió:
—Más te vale. Si no pagas, voy por ti.
Después don Ernesto añadió:
—Natalia no tiene familia fuerte. La podemos presionar.
Alejandro cerró la computadora.
A las 5:00 sonó la alarma de Natalia. Antes de que se levantara, él la apagó.
—Tengo que preparar el desayuno —murmuró ella.
—Hoy no cocinas.
Natalia se quedó inmóvil.
—Pero tu mamá se va a enojar.
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Alejandro tomó su mano con cuidado.
—Vi las cámaras.
El rostro de ella perdió color.
No sentí alivio. Sintió miedo.
—No hagas una escena —suplicó—. Puedo aguantar unos días más.