Un marido abandonó a su esposa enferma durante una tormenta, y Nashville lo denunció.

Pero aquella noche no hubo ternura en el coche.

Solo había miedo, ira y una frialdad que heló aún más su ya débil sangre.

—Garrett —dijo, agarrando el pomo de la puerta mientras otro calambre le recorría la parte baja del abdomen—. Ya ni siquiera puedo ponerme de pie.

Él la agarró del hombro.
Los neumáticos chirriaron sobre la grava inundada.

Afuera, la tormenta parecía arreciar.

Un dolor punzante atravesó a Eleanor con tal violencia que un destello de luz blanca apareció en la periferia de su campo de visión.

Ella lo agarró de la manga de la camisa.

Se echó hacia atrás bruscamente, como si le repugnara su tacto.

—Por favor —dijo—. Llame al 911.

Garrett le abrió la puerta.

Salió bajo la lluvia, dio un paseo por el barrio y, de repente, abrió la puerta.

El agua fría le golpeó la cara con fuerza.

—No —sollozó, aferrándose al cinturón de seguridad—. Garrett, no hagas esto.

Le temblaban las manos mientras realizaba el bucle.

Por una fracción de segundo, pensó que eso significaba que iba a parar.

Entonces la agarró de los brazos y la arrastró afuera.

Sus pies descalzos tocaron el agua y la piedra.

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