Mi madre soltó una risa seca. —Hijo, te diste de baja.
Escuché desde la habitación y sonreí por primera vez en días.
Los bebés nacieron a las treinta y seis semanas.
Un niño y una niña.
Nicolás y Emilia.
Pequeños, arrugados, furiosos.
Vivos.
Cuando los pusieron cerca de mí, sentí que todo el ruido del mundo se desvanecía. Las acusaciones. La vasectomía. Paola. El acuerdo. Las miradas. Todo se desvaneció en la distancia.
Solo estaban ellos.
Mis dos milagros cansados.
Diego estaba en la sala de espera. Le permití entrar más tarde, después de haberlos tenido en brazos, besado y llamado sus nombres.
Entró lentamente.
Como si la habitación fuera una iglesia.
Al verlos, se tapó la boca.
—Laura…
—No hables alto.
Asintió.
Se acercó a la cuna.
Nicolás apenas abrió los ojos.
Emilia movió la boca como buscando leche. Lácteos y huevos.
Diego volvió a llorar.
—Son perfectos.
Lo miré.
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