Quería respeto.
Un día, en la tienda, una señora dijo:
—¡Ay, Laura, qué bien que todo se haya aclarado!
La miré con una bolsa de arroz en la mano.
—No todo quedó claro. Solo se demostró que no mentía. Lo que hizo sigue igual de envuelto en misterio.
La señora no supo qué decir.
Mejor.
A veces, del silencio ajeno también se aprende.
A las veintiocho semanas, uno de los bebés empezó a preocupar al médico por su crecimiento. Me pusieron en reposo absoluto. Mi madre se mudó conmigo. Diego pidió permiso para ayudar. Camas
Dije que sí, pero desde fuera.
Compras.
Medicamentos.
Pagos.
Transferencias.
Sin cama.
Sin casa.
Sin matrimonio.
Un día llegó con pañales y una bolsa de pan dulce. Mi madre la abrió.
—Déjalos ahí —le dijo.
—¿Puedo verla?
—Puede verlo cuando quiera.
—Soy su marido.
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