Arturo Méndez se levantó de una mesa.
Tenía 81 años y había construido durante décadas una empresa familiar de fabricación de muebles.
Caminó hasta el piano.
—Señor —preguntó—, ¿dónde aprendió a tocar así?
Por primera vez Ernesto sonrió ligeramente.
—Mi madre me enseñó las primeras notas.
Miró sus manos.
—La vida me enseñó las demás.
Ricardo soltó un resoplido.
—Por favor. Seguro tuvo clases durante años y ahora está haciendo un espectáculo para conseguir dinero.
Ernesto levantó la vista.
—¿Eso cambiaría algo?
—Claro que sí.
—¿Por qué?
Ricardo señaló su ropa.
—Porque las cosas no aparecen de la nada. Hace falta educación, oportunidades, disciplina.
Ernesto permaneció callado unos segundos.
—¿Oportunidades?
—Exactamente.
—¿Dónde nació usted?
Ricardo parpadeó.
—¿Qué importa eso?
—Tengo curiosidad.
Ricardo no contestó.
Ernesto miró las mesas.
—¿Cuántos de ustedes empezaron con una familia que podía pagarles estudios? ¿Cuántos tuvieron una casa? ¿Contactos? ¿Alguien que pudiera ayudar cuando las
