Y algunas veces era únicamente una comida caliente.
El piano del salón permaneció allí durante años.
Los empleados contaban la historia a quienes preguntaban por qué un pequeño desgaste sobre una de sus teclas nunca había sido reparado.
Decían que una noche un anciano vestido con ropa vieja pidió tocarlo a cambio de cenar.
Que muchas personas se rieron.
Que un hombre apostó dinero asegurando que jamás podría hacer llorar a nadie.
Y que, antes de terminar la noche, casi todo el salón estaba llorando.
Pero no porque descubrieran que Ernesto tenía dinero.
Ni porque supieran que había sido un soldado admirado.
Lloraban porque comprendieron algo mucho más incómodo.
Si Ernesto hubiera sido exactamente el hombre pobre que ellos pensaron…
su crueldad habría sido igual de injusta.
Ese fue el detalle que ninguno pudo olvidar.
Porque la dignidad de una persona no aparece cuando descubrimos que es importante.
Ya estaba
