Nadie se movió.
—No hagan ninguna de las dos cosas.
Su voz se suavizó.
—El dinero puede comprar comodidad. Educación. Tiempo. Muchas oportunidades.
Miró sus propias manos marcadas por los años.
—Pero no puede comprar carácter.
Ernesto caminó hacia la salida.
El encargado del salón corrió detrás de él.
—Señor Salgado…
Ernesto se detuvo.
—Quería disculparme.
El hombre parecía avergonzado.
—No sabía quién era usted.
Ernesto lo observó durante varios segundos.
Después dijo:
—Ese fue precisamente el problema.
Y salió.
Seis meses después, el centro abrió sus puertas.
Arturo aceptó encabezar el comité durante la primera etapa.
Daniela comenzó como voluntaria mientras terminaba sus estudios.
Ernesto casi nunca aparecía en fotografías.
Prefería sentarse en una esquina, conversar con los hombres y mujeres que llegaban buscando ayuda y preguntarles algo muy sencillo:
—¿Qué necesitas para empezar otra vez?
A veces era capacitación.
A veces un trabajo.
A veces alguien que escuchara.
