Pero tampoco permitiría que su muerte quedara reducida a “un problema familiar”.
Autoricé la declaración.
Publicamos registros del hospital, mensajes censurados y la transferencia.
Lo que desató la indignación fue una frase que Alejandro me había enviado desde el avión:
“Solo se retrasó el pago unos días. ¿Qué tan grave podía ser?”
En pocas horas, miles de personas respondieron lo mismo:
“Lo bastante grave para que una mujer muriera.”
Esa noche Alejandro consiguió mi número nuevo.
Contesté porque Gabriel me pidió grabar cualquier conversación.
—Daniela…
Su voz ya no sonaba arrogante.
—Habla con mi abogado.
—Espera. Ya sé lo de Lucía.
—Qué bueno.
—Patricia ocultó información.
Sentí que la rabia me subía desde el pecho.
—Patricia no era mi esposo.
Silencio.
—Lo sé.
—No. Durante tres años le permitiste decidir si mi dolor merecía llegar hasta ti.
Alejandro respiró con dificultad.
—¿Y el bebé?
Miré la lluvia detrás de la ventana.
—No vuelvas a mencionarlo.
—Era mi hijo.
—Entonces debiste cuidar a la mujer que lo llevaba.
Hubo otro silencio.
Después preguntó:
—¿Lo perdiste?
Cerré los ojos.
—No. Tomé una decisión.
Al otro lado dejó de escucharse cualquier sonido.
Y entonces le dije la verdad que todavía no había contado públicamente.
—Después de enterrar a mi hermana entendí que no iba a traer un hijo a una familia donde el dinero se utilizaba para castigar, controlar y decidir quién merecía ser escuchado.
Alejandro susurró mi nombre.
Pero yo todavía tenía algo más que decirle.
Algo que convertiría nuestro divorcio, su empresa y hasta la caída de Patricia en apenas el principio.
Y cuando Gabriel puso frente a mí el último documento recuperado de los servidores de Grupo Salgado, entendí que la muerte de Lucía había sido todavía más evitable de lo que todos creíamos.
