Salí de la clínica sin mi bebé y tomé un vuelo esa misma noche, convencida de que ya no tenía nada que regresar a buscar. Entonces mi esposo me mandó 52 pesos y escribió: “Esto debería bastar”. Guardé silencio y conservé la transferencia. Minutos después empezó a llamarme desesperado, porque en el hospital acababan de explicarle por qué aquellos 52 pesos podían costarle mucho más de lo que imaginaba.

Miré a Lucía sonriendo desde aquella foto.

Finalmente asentí.

—Sí. Ella ayudó.

Cuando salí del evento vi un automóvil negro estacionado al otro lado de la calle.

No necesitaba acercarme para saber quién estaba dentro.

Gabriel me preguntó:

—¿Quieres que le pida que se vaya?

Negué.

Durante unos segundos recordé todas las veces que habría dado cualquier cosa por ver a Alejandro esperándome.

Ahora estaba allí.

Y yo ya no necesitaba caminar hacia él.

Incliné ligeramente la cabeza.

Nada más.

No fue perdón.

No fue invitación.

Fue reconocimiento.

El automóvil arrancó unos segundos después.

Nunca volvimos a vernos.

Años más tarde encontré en una carpeta vieja la captura de aquella transferencia.

52 pesos.

La observé durante mucho tiempo.

Ya no me provocaba la misma furia.

Me parecía casi absurda.

Imprimí la imagen y la guardé en un cajón de mi escritorio en la fundación.

No para recordar a Alejandro.

Para recordar a Lucía.

Cada vez que llega un caso urgente y alguien pregunta si podemos esperar hasta mañana, abro ese cajón.

Miro los 52 pesos.

Y recuerdo que los retrasos tienen rostro.

Que una gran fortuna no vuelve generoso a nadie.

Que el dinero solo sirve cuando llega donde hace falta y cuando todavía hay tiempo.

Una madrugada recibí un correo de Gabriel.

“El caso número 100 acaba de ser aprobado. La paciente entra a procedimiento esta mañana. Llegamos a tiempo.”

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