juntarlos, y con dos hijos pequeños que dependían completamente de mí para sobrevivir: Leo Gabriel Santos, de cuatro años, y Luna María Santos, de tres.
No tenía estudios formales más allá de la escuela secundaria que había abandonado a los diecisiete años cuando quedé embarazada de Leo. No tenía trabajo porque había pasado los últimos cinco años siendo ama de casa y madre mientras Gabriel traía el único ingreso a nuestra familia. No tenía familiares que pudieran ayudarnos porque mis padres habían muerto en un accidente de autobús cuando yo tenía quince años y Gabriel había crecido en un orfanato sin conocer nunca a su familia biológica.
Durante los primeros meses después de su muerte, sobreviví gracias a la caridad temporal de vecinos que nos daban comida sobrante y a los pequeños trabajos ocasionales que conseguía lavando ropa, limpiando casas o vendiendo caramelos en las esquinas de calles transitadas mientras
