Cayó de rodillas.
Un murmullo recorrió la sala.
—¡Tuviste suerte! —gritó.
Se levantó furioso y lanzó una combinación de golpes.
Esquivé el primero.
Bloqueé el segundo.
Y cuando intentó golpearme nuevamente, sujeté su muñeca y lo inmovilicé sin lastimarlo.
—Basta, Blake.
Pero él se negó a escuchar.
En las gradas, un anciano con una chaqueta militar se había puesto lentamente de pie.
Sus ojos estaban clavados en mí.
—Dios mío… —susurró.
El hombre que estaba a su lado preguntó:
—¿Qué ocurre, coronel?
El veterano tragó saliva.
—Ese hombre… yo lo conozco.
Blake consiguió liberarse y retrocedió jadeando.
—¡Deja de huir y pelea de verdad!
El anciano bajó lentamente las escaleras.
—Muchacho, no tienes idea de quién está frente a ti.
Blake se rio.
—¿Otro viejo que quiere darme lecciones?
El veterano lo ignoró.
Se acercó a la colchoneta y pronunció un nombre que no había escuchado en casi una década.
