—¡Mamá!
La cargué.
—¿Ya terminaste?
—Sí.
—¿Entonces ya no tenemos que volver a aquella casa?
—No.
Sofía apoyó la cabeza en mi hombro.
Después preguntó algo que me hizo sonreír y llorar al mismo tiempo.
—¿Y aquí puedo seguir comiendo pollo cuando quiera?
Mi padre gritó desde la cocina:
—¡Mientras tu abuelo tenga dinero para comprarlo, puedes acabarte hasta el pollo entero!
Sofía soltó una carcajada.
Mi madre también.
Yo miré alrededor.
No había un grupo de WhatsApp que tuviera que rogar para poder pertenecer.
No había nadie midiendo cuánta comida merecía mi hija.
No había una exesposa sentada en mi lugar ni un marido exigiéndome demostrar, una vez más, que era digna de llamarme familia.
Había ruido.
Olor a comida.
Personas que nos querían.
Y paz.
Entonces comprendí algo.
Durante años había pensado que aquella vigésima octava vez que Eduardo me expulsó del grupo familiar había sido la humillación
