A las seis y media en punto, Diego llegó con una camioneta acondicionada, una rampa, correas de seguridad y dos hombres acostumbrados a trasladar equipo médico.
Yo ya estaba vestida.
Blusa blanca, pantalón negro, cabello recogido y mi única maleta junto a la puerta.
—¿Eso es todo lo que te llevas después de ocho años? —preguntó Diego.
—Mis cosas caben ahí. Mi dignidad no se quedó en esta casa.
Entramos a la habitación de doña Teresa.
Cuando comprendió lo que estaba ocurriendo, empezó a protestar.
—¡Yo no voy a ninguna parte! ¡Esta es mi casa!
Me acerqué a ella.
—Yo ya no soy esposa de Ricardo. Usted tiene un hijo adulto, una nuera nueva y una casa enorme en la ciudad. Lo correcto es que esté con su familia.
El traslado se hizo con cuidado. La cama fue asegurada dentro de la camioneta y doña Teresa viajó protegida del sol. También llevamos sus medicamentos, ropa, productos de higiene y todo lo que Ricardo había “olvidado”.
Una hora después llegamos a una zona residencial de Puebla.
La casa nueva era imposible de confundir: tres plantas, fachada impecable, ventanas enormes y una sala que parecía de revista.
Ricardo y Ximena estaban desayunando.
Cuando vio entrar a la cama hospitalaria, Ricardo casi empujó su taza.
—¿Mariana? ¿Qué demonios estás haciendo?
—Cumpliendo con lo que tú dijiste. Encargándome de tu mamá.
Los hombres colocaron la cama cuidadosamente en la sala.
Ximena retrocedió.
—Ricardo, ¿qué significa esto?
—Mi mamá se va a regresar al pueblo —contestó él de inmediato.
—No —dije—. Yo me regreso con mi familia. Tu mamá se queda contigo.
Ricardo avanzó furioso.
—¡Tú aceptaste cuidarla!
Saqué de mi bolso la sentencia de divorcio.
—Lo acepté cuando era tu esposa. Ya no lo soy.
Doña Teresa empezó a llamarlo, pidiendo agua.
Ximena miró los medicamentos, las bolsas con artículos de higiene y después a Ricardo.
—A mí nunca me dijiste que tu mamá necesitaba atención todo el día.
—Mariana siempre se encargaba.
