—¡Hazle caso a mi hijo! Como nunca nos diste un nieto, por lo menos sirve para algo y cuídame. ¿A dónde vas a ir siendo una divorciada?
Sentí que algo dentro de mí se apagaba.
Ricardo sonrió.
—Te dejo vivir aquí sin renta. Yo te mando mil quinientos pesos a la semana para los gastos de mi mamá. Es un trato justo.
Quería estrenar esposa, casa y vida nueva mientras me dejaba como cuidadora gratuita de la mujer que llevaba años humillándome.
Pero no grité.
No rompí nada.
Ni siquiera discutí.
Lo miré y respondí:
—Está bien. Vete tranquilo. Yo me encargo de tu mamá.
Ricardo parecía aliviado.
Una hora después subió sus maletas al automóvil que mandaron los padres de Ximena y se fue sin mirar atrás.
Esperé hasta que desapareció al final de la calle.
Entonces abrí el viejo cajón donde guardaba cada factura de cemento, varilla, azulejo y mano de obra. Metí todos los documentos en una carpeta, marqué el número de mi hermano Diego y dije:
—Mañana, a las seis y media, necesito que llegues con una camioneta de carga y dos personas que sepan mover una cama hospitalaria sin poner a nadie en riesgo.
—¿Vas a sacar tus muebles?
-No.
Miré hacia la habitación de doña Teresa.
—Voy a entregarle a Ricardo algo que olvidó llevarse a su nueva vida.
Y mientras él celebraba su boda, no tenía idea de lo que estacionaría frente a su casa al amanecer.
PARTE 2
