Entonces ocurrió algo inesperado.
El timbre sonó en una lluviosa mañana de martes. El mayordomo abrió la puerta. Una joven de piel blanca estaba allí, empapada. Tenía unos veinte años. Su ropa era vieja y barata. El agua goteaba de su cabello sobre el piso de mármol.
El mayordomo estuvo a punto de cerrar la puerta. Esa chica no pertenecía a un vecindario tan rico.
Pero ella habló rápidamente. Su nombre era Elena Navarro. Venía de un pueblo pobre en Jalisco. Había visto el anuncio en internet. Había gastado todos sus ahorros para llegar hasta allí. Creía que podía ayudar a Isabella a volver a comer.
El mayordomo se rió. Chefs de alto nivel habían fallado, ¿y una sirvienta pobre creía que podía lograrlo?
En ese momento, Alejandro bajó las escaleras. Vio a Elena. Sus ojos estaban llenos de determinación. No parecía tener miedo, a pesar de estar en la casa del hombre más rico de Ciudad de México.
Alejandro estaba cansado de fracasar. Decidió darle una oportunidad. Si fallaba, llamaría a seguridad para que la sacara. Pero si tenía éxito, tal vez su hija volvería a comer.
Elena entró en la enorme cocina. Los sirvientes murmuraban a sus espaldas. Pensaban que estaba loca.
La cocina tenía todos los utensilios caros imaginables. Pero Elena no les prestó atención. Abrió su pequeña bolsa de tela. Sacó ingredientes simples: arroz, tomate, ajo, cebolla, caldo de pollo, plátanos fritos y algunas especias de su tierra.