Alejandro estaba desesperado. Su esposa había muerto cuando Isabella nació. La niña era todo lo que le quedaba. Si ella moría, él no tendría nada.
Publicó anuncios en todas partes: ofrecía 20 millones de pesos a quien lograra que Isabella comiera. Chefs profesionales llegaron desde Monterrey. Maestros de la cocina francesa volaron hasta México. Expertos en comida italiana hicieron su mejor intento. Nadie logró que Isabella probara siquiera un bocado.
Los sirvientes susurraban en las esquinas. Decían que Isabella estaba maldita. Algunos creían que extrañaba demasiado a su madre fallecida. Otros pensaban que estaba poseída.
Alejandro no creía en fantasmas, pero se estaba quedando sin opciones.
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