ser… —murmuró.
Rogelio se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su casa.
Patricia lo llamó.
—¡Rogelio!
Él no se detuvo.
Yo volví a mirar la fotografía.
Entonces entendí que todas aquellas quejas que los vecinos creían independientes quizá tenían un mismo origen.
Y que Mateo, tratando simplemente de conseguir justicia por una bicicleta de doce mil pesos, acababa de abrir una puerta que nadie en nuestro fraccionamiento sabía que existía.
Conecté la memoria USB a la laptop.
Aparecieron siete archivos de video.
Laura señaló el último.
—Empieza por ese.
Hice doble clic.
La imagen apareció.
Mateo se llevó una mano a la boca.
Carlos dejó escapar una grosería.
Y yo tardé varios segundos en comprender exactamente qué estaba viendo.
Porque en la grabación estaba Rogelio.
Era de noche.
Estaba junto a uno de los vehículos que meses atrás había aparecido dañado.
Miró hacia ambos lados.
Después se acercó
