Nadie dijo nada.
Mateo puso la carpeta sobre la mesa.
—No quiero tus dos mil quinientos pesos.
Rogelio frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que pagues lo que realmente dañaste.
Dos días después ocurrió algo que no esperaba.
Rogelio llamó a mi puerta.
Solo.
Sin gritos.
Sin amenazas.
Traía un sobre.
—Quiero terminar con esto.
No lo invité a entrar.
—Habla.
—Pago la bicicleta completa.
—La cotización está ahí.
—Lo sé.
Me entregó un documento con una propuesta por escrito para cubrir los 12,000 pesos correspondientes al valor acreditado de la bicicleta, a cambio de dejar resuelto exclusivamente ese daño.
Lo leí.
—¿Por qué ahora?
Miró hacia la calle.
—Porque mi esposa vio los videos.
Aquello sí me sorprendió.
—¿Qué tiene que ver ella?
Rogelio se quedó callado.
Después dijo:
—Todo.
Entonces entendí que todavía no conocíamos la historia completa.
—¿Qué quieres decir?
Él se frotó la cara.
—La
