de irse, se acercaba a la bicicleta.
La movía unos centímetros.
Desde nuestra propiedad…
hacia el borde de la calle.
Sentí que el aire desaparecía del salón.
Todo ese tiempo había repetido la misma frase:
“Estaba demasiado cerca de la calle”.
Ahora sabíamos por qué.
Él mismo había intentado hacer que pareciera así.
Rogelio se levantó.
—Me voy.
Su asesor le susurró algo.
—No. Ya terminamos.
Caminó hacia la puerta.
Pero Mateo habló.
—Todavía no.
Rogelio se giró.
Mi hijo estaba temblando, pero no bajó la mirada.
—Yo tardé once meses en comprar esa bicicleta.
Rogelio no respondió.
—Trabajé sábados. Dejé de comprar cosas. Guardé cada peso que podía.
La voz de Mateo se quebró ligeramente.
—Cuando la aplastaste, yo pensé que lo peor era perderla.
Respiró.
—Pero después entendí que lo peor era que un adulto pudiera hacer algo mal y creer que, con suficiente mentira, todos terminarían aceptándolo
