—Mateo.
—¿Quieres volver abajo?
No respondí.
—¿Quieres casarte con Adrián?
Tampoco.
Mateo se acercó un poco.
No invadió mi espacio.
Solo lo suficiente para que pudiera escucharlo por encima del ruido del hotel.
—Entonces no confundamos dos cosas. Una boda impulsiva y una decisión estúpida no son necesariamente lo mismo.
Solté una risa breve.
—Eso suena exactamente como algo que diría alguien a punto de hacer una decisión estúpida.
—Probablemente.
Lo observé.
Conocía a Mateo desde hacía casi dos años.
No éramos amigos íntimos.
Nos habíamos visto en cenas dobles.
Cumpleaños.
Reuniones de grupo.
Escapadas de fin de semana.
Él era el novio tranquilo de Camila.
El hombre que siempre se quedaba recogiendo vasos mientras ella perseguía a Adrián por toda la habitación para discutir recuerdos de infancia.
Yo era la novia paciente de Adrián.
La mujer que siempre sonreía cuando Camila se sentaba entre nosotros.
Ahora, de pronto, estábamos solos.
Y ambos acabábamos de comprender que llevábamos años cumpliendo el mismo papel.
Ser comprensivos.
—¿Tú sabías? —pregunté.
Mateo entendió.
—¿Que Camila iba a subir al coche con Adrián?
—Sí.
—No.
—¿Te molestó?
Me miró.
—Me molestó hace mucho tiempo.
Eso me sorprendió.
—¿Entonces por qué nunca dijiste nada?
Se rio sin humor.
—Por la misma razón que tú.
Bajé los ojos.
—Cada vez que decía algo, Camila me acusaba de inseguro.
—Adrián me decía celosa.
—Ella decía que eran como hermanos.
—Él también.
Nos quedamos en silencio.
Era casi ridículo.
Las mismas frases.
Los mismos mecanismos.
Distintos lados de la misma mesa.
Mateo apoyó la espalda contra una columna.
—Hace seis meses, Camila se fue un fin de semana con Adrián y otros amigos.
Lo recordaba.
Adrián me había dicho que era una salida de amigos de la infancia.
Yo no fui porque tenía una entrega importante en el trabajo.
—Camila me dijo que dormirían en habitaciones separadas.
—Adrián me dijo lo mismo.
—Al final descubrí que alquilaron una casa.
Sentí que el estómago se me tensaba.
—¿Cuántas habitaciones?
—Tres.
Éramos seis personas, recordé.
Mateo continuó:
—Ella juró que durmió con las otras chicas.
—¿Y le creíste?
—Quise creerle.
Eso dolió precisamente porque era mi propia respuesta.
Quise creer.
No porque hubiera pruebas.
Porque la alternativa era demasiado incómoda.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora no sé si me importa.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Adrián.
“¿Dónde estás?”
Segundo mensaje.
“Ya terminó el juego. Sube al escenario.”
Tercero.
“Elena, no hagas esto hoy.”
Miré la pantalla.
Mateo también.
—¿Vas a contestar?
Apagué el teléfono.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
—Tú tampoco deberías contestarle a Camila.
Mateo sacó su teléfono.
Tenía nueve llamadas perdidas.
Cinco mensajes.
El último decía:
“Mateo, ¿dónde estás? Adrián dice que Elena tampoco aparece. No seas ridículo.”
Mateo leyó la frase.
Después apagó su móvil.
—Listo.
Por primera vez desde que salí de casa vestida de novia, respiré sin sentir que alguien esperaba algo de mí.
La madre de Mateo llegó veinte minutos después.
Se llamaba Victoria Salazar.
La había visto pocas veces.
Siempre impecable.
Siempre elegante.
Era de esas mujeres que entraban a una habitación y hacían que la gente enderezara la espalda.
Cuando me vio con el vestido de novia, el maquillaje intacto y los ojos rojos, no preguntó nada durante varios segundos.
Miró a su hijo.
—Explícame.
Mateo lo hizo.
No adornó nada.
No dijo que Camila lo había engañado.
No afirmó que Adrián y ella tuvieran una relación.
Solo contó hechos.
El juego.
La pulsera.
El coche.
El ramo.
La copa ceremonial.
El mensaje de Adrián.
Victoria escuchó sin interrumpir.
Luego me miró.
—¿Y tú quieres casarte con mi hijo?
La pregunta me dejó sin aire.
—Yo…
Mateo intervino.
—Mamá.
—No te pregunté a ti.
Volvió hacia mí.
—Elena. No voy a permitir que mi hijo se case por despecho si tú no sabes lo que quieres.
Por extraño que pareciera, aquella mujer era la primera persona en todo el día que se preocupaba por mi voluntad.
No por las apariencias.
No por el ambiente.
No por “no arruinar la boda”.
Por mí.
—No quiero casarme con Adrián —dije.
Victoria asintió.
—Eso no responde mi pregunta.
Miré a Mateo.
Él no sonreía.
Tampoco parecía estar presionándome.
—No sé todavía si casarme con Mateo sería una locura.
—Lo sería —dijo Victoria.
La miré.
—Mamá —protestó él.
Ella ignoró a su hijo.
—Pero casarse después de siete años con un hombre que te reconoce por una pulsera y decide soltarte también parece una locura.
No pude evitar sonreír.
Victoria continuó:
—No necesitas decidir en treinta segundos. Pero si vas a hacerlo, hazlo porque quieres entrar en otra vida, no porque quieres castigar a un hombre en la planta de abajo.
Aquella frase se me quedó dentro.
No quería castigar a Adrián.
Al menos no únicamente.
Quería detener algo.
Una repetición.
Una certeza.
Una versión de mi futuro donde yo siempre era la mujer que esperaba.
Mateo habló entonces.
—No tienes que casarte conmigo hoy.
Lo miré.
—¿Qué?
—Podemos simplemente cancelar nuestras bodas y salir de aquí.
—Pero llamaste para preparar todo.
—Porque creí que lo querías.
—¿Y si sí?
—Entonces también lo quiero.
—¿Así de fácil?
Mateo sonrió ligeramente.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Dudó.
—Porque llevo dos años viendo cómo Adrián te habla.
Eso me dejó quieta.
—¿Qué quieres decir?
—Te interrumpe.
No dije nada.
—Decide por ti.
—Mateo…
—En los restaurantes pide por ti antes de preguntarte. Cuando llegas tarde porque trabajas, se burla. Cuando Camila cruza límites, te hace sentir culpable por notarlo.
Mis dedos se cerraron sobre la falda.
—No es siempre así.
—Lo sé.
—También tiene cosas buenas.
—También lo sé.
Su voz era tranquila.
—Camila también tiene cosas buenas.
Eso me desarmó.
Porque no estaba intentando convertir a Adrián en un monstruo.
Entendía.
Mateo había amado a alguien que también le había hecho daño.
—No quiero que pienses que soy una víctima perfecta —dijo.
—No lo pienso.
—Una vez revisé el teléfono de Camila.
Lo miré.
—¿Encontraste algo?
—Mensajes con Adrián.
Mi corazón golpeó.
—¿Qué clase de mensajes?
Mateo sacó aire.
—Nada explícito.
—Eso no responde.
—Demasiada intimidad.
—¿Desde cuándo?
—Más de un año.
Sentí frío.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque yo tampoco sabía si estaba exagerando.
Qué frase tan conocida.
Mateo abrió de nuevo el teléfono.
—Tengo capturas.
—¿Las conservaste?
—Sí.
—Enséñamelas.
Él dudó.
—Hoy no.
—¿Por qué?
—Porque si vas a tomar una decisión, quiero que la tomes por cómo te trató delante de todos. No porque encuentres un mensaje que te dé permiso para irte.
Lo miré.
Y por primera vez comprendí algo que me pareció casi doloroso.
Mateo sabía exactamente lo que era necesitar “pruebas suficientes” para justificar tus propios sentimientos.
—Entonces sí —dije.
—¿Sí qué?
—Sí quiero.
Mateo se quedó inmóvil.
—Elena.
—Quiero casarme contigo.
Victoria cerró los ojos un instante.
—Perfecto.
Su hijo la miró.
—¿Perfecto?
—Si vais a hacer una locura, al menos que esté bien organizada.
Había un problema.
Muchos, en realidad.
El principal era legal.
No se podía convertir mágicamente una ceremonia preparada para dos personas en un matrimonio civil válido para otras dos sin revisar documentos.
Victoria llamó a un abogado de la familia.
Mateo llamó a un funcionario que conocía.
Yo llamé a mi hermana.
No le conté todo.
Solo dije:
—Necesito que subas al piso cuarenta y dos.
—Estoy sentada en la mesa tres.
—Entonces sal de la mesa tres.
—Elena, ¿qué pasa?
—La boda cambió.
—¿Cambió cómo?
—Cambió de novio.
Silencio.
—¿Has bebido?
—Todavía no.
—Voy.
Mi hermana Clara apareció siete minutos después.
Entró corriendo al salón aún sin terminar.
—¿Qué demonios…?
Me vio.
Después vio a Mateo.
Después a Victoria.
—No.
—Clara.
—No.
—Escúchame.
—Te conozco desde que naciste.
—Porque eres mi hermana mayor por once meses, no porque seas profeta.
—No te cases con otro hombre media hora después de dejar al primero.
—Todavía no he dejado al primero oficialmente.
Clara me miró como si quisiera desmayarse.
—Eso no ayuda.
Le conté lo sucedido.
Cada detalle.
Cuando llegué a la copa ceremonial, Clara dejó de interrumpir.
Cuando llegué a la frase de Adrián:
“Ella siempre vuelve.”
Su rostro cambió.
—Dime otra vez qué dijo.
Lo repetí.
Clara miró a Mateo.
—¿Y tú?
—Camila lleva años haciendo lo mismo conmigo.
—¿Estáis enamorados?
Silencio.
Yo fui la primera en responder.
—No.
Clara abrió los brazos.
—¡Gracias!
—Todavía.
Bajó lentamente los brazos.
—¿Todavía?
Mateo me miró.
No aparté los ojos.
—No voy a fingir que lo amo. Sería absurdo.
—Entonces ¿por qué casarte?
Pensé en la respuesta.
—Porque confío más en cómo me ha tratado hoy, cuando no me debía nada, que en cómo Adrián me trató el día que se suponía que debía elegirme delante de todos.
Clara dejó de hablar.
—Eso sigue siendo una locura —murmuró.
—Sí.
—Mamá va a matarte.
—Probablemente.
—Papá también.
—Seguramente.
Clara se frotó la frente.
—Bien.
—¿Bien?
—No dije que lo aprobara.
—Entonces…
—Dije que si lo vas a hacer, no vas a hacerlo sin tu hermana.
Me abrazó.
Y ahí sí lloré.
No cuando Adrián soltó mi muñeca.
No cuando Camila se llevó mi ramo.
No cuando bebieron juntos.
Cuando Clara me abrazó.
Porque hasta entonces había pasado horas rodeada de gente que me decía que estaba exagerando.
Y por fin alguien me sostenía sin explicarme cómo debía sentirme.
En la planta de abajo, la situación empezó a cambiar.
Mi ausencia ya no podía ignorarse.
Adrián llamó diecisiete veces.
Después veintitrés.
Camila también comenzó a buscar a Mateo.
Uno de los primos de Adrián subió al salón panorámico por error.
Nos vio.
Vio a los empleados cambiando flores.
Vio el letrero provisional.
Elena Vargas & Mateo Salazar
Se quedó petrificado.
—¿Qué es esto?
Mateo respondió:
—Una boda.
—Ya hay una abajo.
—Lo sé.
—¿La de Adrián y Elena?
Miró mi vestido.
—Bueno… no exactamente.
El primo palideció.
—Voy a llamar a Adrián.
—Hazlo —dije.
Salió casi corriendo.
Clara me miró.
—Se acabó la tranquilidad.
—Mejor.
No tardó ni cinco minutos.
Las puertas del ascensor se abrieron.
