Fue ahí cuando uno de los hombres sacó una máquina para cortar cabello.
Daniela forcejeó.
La golpearon.
Mi madre no los detuvo.
Fernanda tampoco.
Aquello ya no era solamente encubrir una deuda.
Era castigar a una persona para destruir su credibilidad antes de que pudiera defenderse.
—Yo pensé que cuando llegaras —dijo Daniela— me ibas a ver así y me ibas a despreciar.
Me costó respirar.
—¿Pensaste que te echaría?
Ella asintió.
—Tu mamá dijo que ningún hombre soportaría ver a su esposa rapada, acusada de deudas y de andar con otro.
Miré a mi madre.
No reconocía a la mujer que tenía delante.
Yo la había defendido muchas veces.
Cuando Daniela insinuaba que en la casa había problemas, respondía:
“Mi mamá es de carácter fuerte.”
Cuando mi hermana gastaba demasiado:
“Todavía está joven.”
Cuando desaparecía dinero:
“Seguramente fue algún gasto de la casa.”
Había confundido paciencia con ceguera.
Y mi silencio había dejado sola a Daniela.
Fernanda cayó de rodillas frente a mí.
—Hermano, perdóname.
Me abrazó las piernas.
—Yo no quería que llegara tan lejos.
Me aparté.
—¿Hasta dónde querías que llegara?
—Sólo necesitaba tiempo.
—¿Tiempo para qué? ¿Para pedir otro préstamo?
—Mis amigas tenían otro nivel. Todo mundo pensaba que nosotros teníamos dinero porque tú eras militar y…
—¿Porque soy militar?
No pude evitar levantar la voz.
—Mi sueldo no salió de una mina de oro, Fernanda. Mientras tú presumías cosas que no podías pagar, Daniela hacía rendir cada peso que yo mandaba.
Fernanda lloraba.
—Me daba vergüenza decir que no tenía.
—Entonces preferiste hacer que mi esposa cargara con tu vergüenza.
—Yo tuve miedo.
Daniela habló desde el sofá.
—Yo también tuve miedo.
Fernanda dejó de llorar por un segundo.
Daniela se quitó lentamente el pañuelo.
Las heridas todavía estaban visibles.
—Pero a mí nadie me preguntó si tenía miedo cuando me sujetaron.
Mi madre rompió en llanto.
—Daniela, perdóname.
